Ando dándole vueltas al modo en el que tengo que contar un despropósito que tengo en mente. Lo que copio a continuación no es una fórmula, ni nada por el estilo, pero es una interesantísima explicación que leí el otro día, en el libro de Žižek que leo mientras voy en metro (Mirando al sesgo), y me recordó que ciertas tareas (crear y consumir, por ejemplo) hay que tomárselas en serio. Aunque parezca una chapa, échale un vistazo:
A menudo se le ha reprochado a Hitchcock su “falocentrismo”; a pesar de la intención crítica, esta designación es perfectamente adecuada, siempre y cuando situemos la dimensión fálica en ese rasgo suplementario que sobresale. Permítasenos articular, como explicación, los tres modos sucesivos de presentar un hecho en la pantalla, que se corresponden con la sucesión de las etapas oral, anal y fálica en la economía libidinal del sujeto.
La etapa oral es, por así decirlo, el grado cero del rodaje: simplemente filmamos un acontecimiento y como espectadores “lo devoramos con los ojos”; no interviene el montaje para organizar la intención narrativa. Este modo de filmar era el típico de las películas cómicas del cine mudo. Desde luego, el efecto de naturalidad, de traducción directa de la realidad, es falso: incluso en esa etapa hay una elección, una parte de la realidad es enmarcada y extraída del continuum del espacio-tiempo. Lo que vemos es el resultado de una cierta manipulación, las tomas sucesivas forman parte de un movimiento metonímico. Sólo vemos partes, fragmentos de un todo nunca presentado, de modo que ya estamos apresados en una dialéctica de lo visto y no visto, del campo (enmarcado por la cámara) y de lo externo a él, y esa dialéctica suscita el deseo de ver lo que no nos muestran. En consecuencia, quedamos cautivos de la ilusión de que presenciamos una continuidad homogénea de la acción registrada por una cámara neutra.
En la etapa anal interviene el montaje. El montaje corta, fragmenta, multiplica la acción; la ilusión de continuidad homogénea se pierde para siempre. El montaje puede combinar elementos de naturaleza totalmente heterogénea y crear de tal modo un nuevo significado metafórico que no tiene nada que ver con el valor literal de sus partes componentes (piénsese en el concepto de Einsestein de “montaje intelectual”). Desde luego, el mejor ejemplo de lo que puede lograr el montaje en el nivel de la narración tradicional es el denominado “montaje paralelo”: se nos muestran alternativamente dos cursos de acción interconectados; el despliegue lineal de los hechos es reemplazado por la coexistencia horizontal de dos líneas de acción, y esto crea una tensión adicional entre ambas. Supongamos una escena en la cual una pandilla de ladrones rodea el hogar aislado de una familia rica, con el propósito de asaltarlo; el relato gana enormemente en eficacia si contrastamos la vida cotidiana idílica que transcurre dentro de la casa con los preparativos amenazantes de los criminales: si mostramos alternativamente la familia feliz en la cena, la algarabía de los niños, las reprimendas bondadosas del padre, etcétera, y la sonrisa sádica de un ladrón, otro que controla su cuchillo o su pistola, un tercero aferrado ya a la verja...
¿En qué consistiría el pasaje a la etapa fálica? En otras palabras, ¿cómo filmaría Hitchcock la misma escena? En primer lugar, hay que señalar que el contenido de esta escena no se presta al suspenso hitchcockiano, en cuanto se basa en el contrapunto simple de un interior idílico y un exterior amenazante. Por lo tanto, debemos trasponer la duplicación horizontal, plana, de la acción, a un nivel vertical: el horror amenazante no debe ubicarse afuera, a un lado del interior idílico, sino dentro de él: más precisamente, debajo de él, como su trasfondo reprimido. Imaginemos, por ejemplo, la misma cena familiar desde el punto de vista de un tío rico que ha sido invitado. En medio de la comida, ese hombre (y junto con él nosotros, los espectadores) de pronto “ve demasiado”, registra lo que no se suponía que iba a advertir, algún detalle incongruente que suscita en él la sospecha de que lo han invitado para envenenarlo y heredar su fortuna. Este “excedente de saber” provoca un efecto de abismo en la perspectiva del personaje (y en la nuestra): de algún modo la acción se redobla en sí misma, interminablemente reflejada en sí misma como cuando se enfrentan dos espejos. Los acontecimientos cotidianos más comunes quedan de pronto cargados con matices terroríficos, todo se vuelve sospechoso: la amable ama de casa que después de la cena nos pregunta si nos sentimos bien quizá quiera averiguar si el veneno ya está haciendo efecto; los niños que corren en un juego inocente tal vez estén excitados porque los padres les han sugerido que pronto podrán hacer un viaje lujoso... Las cosas aparecen bajo una luz totalmente distinta, aunque sean las mismas.
Ayer, cuando llegamos a casa de celebrar (moderadamente) el cumpleaños de Bego (la del puerto), estuvimos viendo Operación triunfo. Hostias. Cómo se pasan... No es que sea yo especialmente homófobo pero... ¿es necesario que haya tantos maricas en la tele?, ¿y concursando? Joder, el Ivan es como un patadón en el ano.
Ciertamente, no me extraña que los espectadores apoyen a la tal Virginia, que es una friki de mucho cuidado... pero al menos sabe cómo llevar el estar rodeada de imbéciles: compañeros, profesores y, sobre todo, presentador... que no sé qué mierda se estará metiendo con todo lo que cobra, pero no le está sentando nada bien (Jesús, molabas más en esa chorrada de las cajas).
¿Cuánta pasta sacarán con los mensajes?, ¿en serio esta gente vende algún disco?, ¿tantos como para justificar toda esa mierda?... ¿Por qué no los matan a todos?, ¿Dios?, ¿estás ahí?... En fin... Como despedida, he aquí una foto bastante más chula que el vídeo de las Juventudes del PP en Moyua (así sí, cojones... que cuenten con mi apoyo):

