Imagina que trabajas para unos grandes almacenes y un buen día tu jefe te manda a la India para buscar nuevos proveedores. No buscas cualquier cosa; necesitas calzado de lujo y, eso sí, que te salga barato.
Un vez allí, en Bombay, te llevan a visitar un montón de tiendas de la marca Catwalk. Poseen más de cien establecimientos y venden modelos exclusivos para gente adinerada. Mientras analizas el producto y sacas unas fotos con tu cámara digital preguntas por la tasa de devolución por defectos. Te dicen que no llega al uno por ciento. Impresionado, insistes en visitar la fábrica para ver el sistema de producción.
Y te llevan.
Imagina que entras en un almacén infecto, donde decenas de empleados trabajan prácticamente por comida... que cocinan e ingieren en la misma fábrica...
Trabajan a mano; a lo sumo, puedes ver unas cuantas máquinas de coser, montadas de manera artesanal.
Son, prácticamente, esclavos...
Viven allí. Duermen sobre unos colchones que colocan en los pasillos para no perder tiempo y poder empezar a trabajar temprano: una jornada de 16 horas diarias... Niños, usando los dedos para encolar zapatos; algunos trabajando en el suelo, bajo mesas, para aprovechar el espacio...
A nadie le importa que saques fotos. Total, el precio de cada par no supera los cinco dólares; una cantidad que podrás fácilmente multiplicar por cincuenta o sesenta cuando lo vendas en occidente... Da igual que muestres el horror; seguirán vendiéndose... Y seguirán comprándose.
Ahora imagina que Catwalk no existe. Ponle otro nombre: Nike, por ejemplo... No pienses en la India; piensa, qué sé yo... en China... y haz la suma de cuánta gente va a morir habiendo vivido así.
Luego, piensa en quién recoge los tomates que te comes en esas ensaladas que te preparas con vinagre de Módena y aceite de oliva virgen extra... Piensa qué llevas puesto y cuánto te cobraron por ver esa puta mierda de película la última vez que fuiste al cine.
Piensa por qué cojones tienes que ponerte a régimen...
Piensa que tu curro es una mierda pero que, al menos, estás leyendo esto, conectado a Internet, disfrutando de toneladas de pornografía.
Y luego, imbécil, piensa que es pecado quejarse tanto.


Basado en un powerpoint que me mandó mi amigo Patxi.
