Yo diría que fue en tercero de BUP cuando Eder y yo nos hicimos amigos. Él era un desastre como estudiante y yo había empezado a entrar en barrena. Por supuesto, jugábamos en ligas distintas: yo, por ejemplo, suspendía dos y el no aprobaba ni una; a eso me refiero... Como éramos vecinos, y fumábamos a escondidas, solíamos quedar casi todas las tardes, antes de cenar, para echar unos cigarros detrás del Corbi y mantener largas e interesantes conversaciones. O eso creo.
Poco a poco, empezamos a quedar también los fines de semana, para emborracharnos. Supongo que, a mí me jodía que, los sábados, mi cuadrilla de Santutxu quedase para jugar demoledores kinitos a las cuatro de la tarde... así que me resultaba muchísimo más cómodo pimplar en el barrio, a una hora más razonable; después de la siesta.
Cuando a Eder lo echaron de la ikastola, por no dar ni chapa, se largo a un instituto que, además de estar a tomar por el culo de la civilización (en Derio, creo), tenía una biblioteca cojonuda, de la que era sencillísimo llevarte libros sin dar parte.
Es que también nos gustaban los libros. Nos hicimos del Círculo de lectores, no te digo más...
Eder empezó a llenar las baldas de su habitación y, mientas configuraba una exquisita selección de literatura variada, a mí me traía cómics bajo pedido (media colección de Thorgal la tengo con el sello del centro)...
Hasta que, un buen día, su viejo entró en el cuarto y flipó. Vio que eran libros de la biblioteca y le preguntó a ver si no tenía que devolverlos. Eder dijo que sí, pero que hasta final de año podía tenerlos en casa. Supongo que su padre no quiso seguir discutiendo semejante bobada de explicación y pasó de todo; eso sí, no quería libros robados en casa, de modo que cuando acabara el curso tenían que salir de ahí... y punto. A mi colega ni se le pasó por la cabeza devolverlos, claro, ¿con qué cara iba a aparecer ante la bibliotecaria con todo ese material? Como a mí no me decían nada por el origen de las toneladas de basura que iba almacenando, Eder decidió regalármelo todo; algo que en su momento me pareció la hostia, aunque al final todo se quedó en una veintena de ladrillos infumables. Dudo haber leído un par... De hecho, ahora que lo pienso, sólo recuerdo uno: El día de las hormigas, de Bernard Werber, no por su trama o mensaje, sino porque en él encontré un juego muy chulo; de los de “seguir la serie” y dar con el número siguiente:
¿Pistas? Pues podríamos decir algo así como que cuanto más tonto seas mejor; o sea, que no son necesarios grandes conocimientos aritméticos. Y la serie es infinita, por cierto.Ya lo explicaré otro día, si me apetece.
Ahora que lo pienso, ésos no son los únicos libros de origen chunguelis que tengo... Unos amigos de mi exvecino-casi-primo Oier solían robar de todo en la planta baja de El Corte Inglés de Gran Vía: libros, compases, calculadoras... que vendían a mitad de precio. Casi todos los tochos de Stephen King que tengo, me los pilló esta gente. Salían de allí con mochilas y bolsas de deporte hasta arriba; impresionante... Ahora algo así es inconcebible.
También tengo un par de libros de cine que Alex de la Iglesia se dejó olvidados en casa de Piko (de sus padres, en realidad); libros de la Universidad de Deusto que nunca devolvió el gordo. Como yo estudiaba en la misma facultad, Piko me los pasó para que los devolviera y yo, claro, pasé de todo.
Pero bueno, todo esto son chorradas. Vamos a lo que vamos. Por aquel entonces, Eder y yo teníamos una extraña afición por recopilar documentos de la historia reciente de Euskadi: sobre todo, libros en los que podías ver policías o guardias civiles repartiendo leña; fotos de manifestaciones y demás.
De todo el material, lo más interesante era Operación Ogro, un libro que mis padres pasaron desde Francia (Iparralde, en realidad) de manera "clandestina", en el que se relataba de forma detallada cómo se organizo el atentado contra Carrero Blanco. Era un libro cojonudo, sobre todo porque era una primera edición y representaba mucho más que un testimonio probablemente mitificado de la operación: era un pedacito de historia.
Se lo dejé a Eder, junto a otros tres o cuatro más. Me devolvió el resto, pero no el de Carrero. Es más, a algunos les había arrancado algunas páginas; sobre todo donde aparecían fotos. El de Carrero, decía, se lo había dejado a su tía la de Sopelana.
Pasó el tiempo. Se lo pedí mil veces y el muy hijo de puta no hacía más que decirme que su tía tenía miles de libros y que lo había traspapelado por ahí; que ya se lo iba a pedir.
El libro no era mío, claro, y en casa no hacían más que preguntarme por él (e, imagino, por un montón de cosas más que iba perdiendo en mi camino hacia la madurez). Eder me dio largas como no me las ha dado nadie... todos los días.
Como suele suceder, pasó el tiempo y dejamos de vernos. Creo que, contra todo pronóstico, acabó un par de carreras; viajó por Sudamérica y terminó en el Casco Viejo de Bilbao... Pero no tengo ni idea de cómo le va la vida o si le queda algún pelo en la cabeza.
Todavía mis padres me recuerdan que les perdí ese libro. Años más tarde, conseguí una reedición, esta vez firmada por una tal Eva Forest, supuesta artífice de las entrevistas y demás. No hace falta decir que no tiene ni un ápice del encanto que tenía el anterior.

Que es una mierda, vamos...
Así que, ya ves, hoy me he levantado con el día tonto y he pensado que, quién sabe, igual Eder lee esto y, por quién sabe qué extraña circunstancia, decide dejar el puto libro en el buzón de la casa de mis viejos... que, por cierto, viven cerca de los suyos... Tampoco me importaría que me escribiese un email, contándome cómo le va, e incluso tomarme un par de cervezas con él, como en los viejos tiempos.
Con un poco de suerte, con este post le he tocado un poco los huevos.
I M A G E U P D A T E

