miércoles, 24 de septiembre de 2008

TORTURA

Slavoj Žižek analiza (en Bienvenidos al desierto de lo real, publicado por Akal) el debate sobre la tortura, abierto a partir del 11-S:

Un buen ejemplo es el que nos proporciona la columna “Time to Think about the Torture”,con el ominoso subtítulo “Nos hallamos ante un nuevo mundo, en el que la supervivencia puede hacer necesarias viejas técnicas aparentemente descartadas”, de Jonathan Alter en la revista Newsweek. Tras flirtear con la idea israelí de legitimar la tortura física y psicológica en casos de extrema urgencia (cuando sabemos que un prisionero terrorista posee información que podría salvar la vida de cientos de personas) y hacer algunas consideraciones “neutrales” como “está claro que algunas torturas funcionan”, Alter concluye:

No podemos legalizar la tortura; es contraria a los valores estadounidenses. No obstante, al mismo tiempo que estamos hablando en contra del abuso de los derechos humanos en todo el mundo, necesitamos mantener la mente abierta en determinadas medidas de lucha contra el terrorismo, medidas tales como los interrogatorios psicológicos judicialmente sancionados. Y tendremos que pensar la posibilidad de poner a algunos sospechosos en manos de nuestros aliados menos aprensivos, aunque esto pueda resultar hipócrita. Nadie dijo que esto fuera a ser agradable.

La obscenidad de semejantes afirmaciones es palpable. En primer lugar, ¿a qué viene emplear los atentados del World Trade Center como justificación? ¿Acaso no se producen a nuestro alrededor crímenes mucho más horripilantes constantemente? Segundo, ¿qué hay de novedoso en esta idea? ¿Acaso no fue la CIA la que enseñó a los aliados militares latinoamericanos y del Tercer Mundo la práctica de ejercer la tortura durante décadas? La hipocresía se ha perpetuado a lo largo de varias décadas... Incluso el argumento “liberal” de Alan Dershowitz, citado en exceso, resulta sospechoso: “no estoy a favor de la tortura, pero si tenemos que acudir a ella, al menos debería estar judicialmente bien fundada”. La lógica implícita –“ya que lo vamos a hacer en cualquier caso, mejor legalizarla y, de este modo, prevenir excesos”– es extremadamente peligrosa: legitima la tortura, abriendo así el terreno para que se produzcan más torturas ilícitas. Cuando, a tenor de lo mismo, Dershowitz defiende que la tortura, en una situación “a contrarreloj”, no va en contra de los derechos del prisionero como demandado (la información obtenida no será utilizada en su contra en un juicio, y la tortura no se practica como un castigo, sino únicamente con el fin de prevenir un asesinato masivo), la premisa subyacente es incluso más inquietante: ¿así que uno debería poder torturar a la gente no como parte de un castigo merecido, sino simplemente porque saben algo? Entonces, ¿por qué no legalizar también la tortura de prisioneros de guerra que puedan poseer información que pudiera salvar la vida a cientos de nuestros soldados? De modo que, paradójicamente, contra la honestidad “liberal” de Dershowitz, deberíamos abrazar la aparente “hipocresía”: muy bien, no resulta difícil imaginar que en una situación determinada, enfrentados al proverbial “prisionero que sabe” y cuyas palabras pueden salvar a miles de personas, acudiríamos a la tortura; no obstante, incluso (o más bien, justamente) en semejante caso, es absolutamente crucial que no elevemos esta elección desesperada a la categoría de principio universal; una vez determinada la inevitable y brutal urgencia del momento, deberíamos limitarnos a hacerlo. Sólo de esta manera, en la propia incapacidad o prohibición de elevar lo que hemos hecho como un principio universal, conservamos el sentido de culpabilidad, la conciencia de que lo que hemos hecho es inadmisible.

Dicho brevemente, estos debates, estas exhortaciones a “mantener las mentes abiertas”, deberían ser la prueba para cualquier liberal auténtico de que los terroristas están ganando. [...]

Lejos de ser un suceso, el tema de la tortura ha persistido en 2002: a principios de abril, cuando los estadounidenses atraparon a Abu Zubaydah, presunto segundo líder de al-Qaeda, la cuestión “¿Deberíamos torturarle?” fue objeto de una discusión abierta en los medios de comunicación de masas. En una declaración, emitida por NBC el 5 de abril, el propio Donald Rumsfeld afirmó que su prioridad son las vidas estadounidenses, no los derechos humanos de un terrorista de alto rango, y arremetió contra los periodistas por mostrar semejante consideración hacia el bienestar de Zubaydah, dejando claramente despejado el camino de la tortura; no obstante, el espectáculo más lamentable lo dio Alan Dershowitz, que, bajo la apariencia de una respuesta liberal a Rumsfeld, aceptó la tortura como un tema de discusión legítimo, al tiempo que defendía la actitud contraria, tal y como lo hicieron los oponentes legalistas a la aniquilación de los judíos durante la Conferencia de Wannsee. Sus reservas se fundaban en dos argumentos específicos: (1) el de Zubaydah no es un caso evidente de situación “a contrarreloj”, es decir, no tenemos pruebas de que conozca los detalles de un atentado terrorista masivo especialmente inminente que pudiera ser prevenido teniendo acceso a lo que sabe por medio de la tortura; (2) aun así torturarle no sería legal, para poder hacerlo, antes tendría que abrirse un debate público que diera lugar a una reforma de la Constitución de Estados Unidos y a una declaración pública que incluyera las áreas en las que Estados Unidos deja de obrar de acuerdo con la Convención de Ginebra, que regula el trato a los prisioneros enemigos... He aquí el máximo fiasco ético del liberalismo.