Es que ya nos han puesto internet y, sobre todo, fijo y tele.
Esto es vida...
Cuando vino el técnico y vio que teníamos toma de antena también en la cocina dijo que él sólo podía poner una en el salón, que lo demás era ilegal... a no ser que me la cobrara. Le contesté que, en casa de mis viejos, teníamos cinco televisores (lo cual es cierto, además) y me dijo que la instalación estaría hecha... o que qué sabía él, pero que así, por la buenas, no podía hacer nada. Le dije que nos hacía una putada, porque ya teníamos tele para colgar en la pared (lo cual también es cierto, que Eneko e Izaskun nos han regalado una plana de ésas, cojonuda) y como vi que el tío se queda mirando a la pared, un poco agobiado, me vi obligado a soltar la frase mágica: "Mira, lo que vamos a hacer es tomarnos una cerveza, que así lo vamos a ver todo mucho más claro".
Después de soplarnos media docena (un sexteto cervecíl, que dirían Homer o mi amigo Jokin) entre los dos, el tío probó el portátil en casi toda la casa, me contó mil anecdotillas y trucos (que olvidé al instante, por supuesto) y me dio hasta su móvil por si tenía algún problema... Añadió, eso sí, que si por casualidad aparecía un inspector, lo que estaba de más era cosa mía.
No es nada nuevo esto utilizar el alcohol como moneda de cambio... Te voy a contar algo... Hace unos años (ocho, tal vez más), cuando la peli sólo era un proyecto interesante, nos fuimos a Annecy (Francia), al MIFA (que será el festival de animación más importante de Europa)... el gran Juarez, Mr. Nicholson, Piko y yo. Allí supimos combinar negocios y placer y estuvimos soplando día y noche... hasta el punto de que, cuando Tim y Juarez dijeron que se piraban, Piko y yo decidimos que era demasiado pronto.
Como habíamos tenido un montón de reuniones (con productores, estudios y gente de medio planeta) y todo dios nos decía que nuestra peli iba a ser lo más, nos sentíamos tan de puta madre que decidimos aceptar la invitación de una italiana (cuyo nombre no recuerdo), que nos invitaba a visitar su estudio de color en Turín. Y a una fiesta.
Así que hicimos las maletas, nos despedimos de todo el mundo y pillamos un tren... Porque... qué quieres que te diga; en ese momento nos pareció una gran idea.
Los franceses, con todo lo raros que son, nos habían tratado de puta madre; las chicas eran guapas, la comida estupenda y mucho fútbol en la tele... Cuando llegamos a Italia descubrimos que el mundo puede ser un lugar muy hostil.
Para empezar, llegamos agotados, muy puercos, con una resaca monumental... y no pudimos encontrar un puto sitio decente donde caernos muertos. Le dijimos a la italiana que pasábamos de ir a su fiesta (que era en la finca familiar, con tiro al plato, carreras de sacos y demás) y quedamos para la mañana siguiente. Buscamos alojamiento y, como todo estaba lleno, tuvimos que conformarnos con una habitación, con una cama de matrimonio, para los dos, en un hotelucho llamado Des artistes(nos venía al pelo, sí).
Dejamos las maletas y nos fuimos a ver si había alguna lavandería cerca... La encontramos, pero estaba chapada, así que pillamos un montón de revistas y documentos del festival y nos fuimos por ahí, a buscar una terracita para hacer como que trabajábamos.
Yo, lo único que sabía de Turín es que Nietzsche se había vuelto loco y abrazado a un caballo en una de sus plazas. Nos fuimos a buscarla y terminamos en una que era lo bastante pija como para no sentirnos intimidados.
Y es que, aunque no te lo creas, Turín está lleno de puta gente: homeless con cara de perro que te piden dinero sin parar... y jovencillos con supercoches a los que les jode que te estés inflando a ginflonics, mientras echas el ojo a toda chavala que se pasee por delante.
Y es que, claro, nosotros eramos un par de cerdos, con nuestra cubitera y camarero con pajarita, gastándonos la pasta de la subvención y dejando más propinas que Ray Liotta.
Y ahí estuvimos, cenando y bebiendo en el mismo sitio, arreglando el mundo y dándonos cuenta del odio que se iba acumulando a nuestro alrededor. Yo insistía en que, si teníamos algún problema, llevaba un lapicerdo en el bolsillo (bautizado como el lápiz de la suerte), que podría clavar en el ojo de cualquiera... Y Piko trataba de relajar el ambiente: "no te preocupes -recuerdo que dijo-, que todo lo cobarde que soy estando sereno se vuelve temeridad en cuanto bebo". Y es verdad.
Y nos echaron... No por nada, es que tenían que cerrar.
Así que, con la medio trompa que llevábamos, nos pusimos a buscar un sitio donde seguir con la juerga, que no era plan de volver a meternos en una puta cama los dos. Preguntamos a un kioskero (¿quiosquero?) y nos dijo que no sé cuántas calles más abajo había un local abierto. Y fuimos.
Por el camino, un vagabundo que teníamos fichado vino a pedirnos un euro. Le dijimos que no e insistió, con la mano metida en el bolsillo, poniéndonos muy nerviosos. Tanto, que Piko empezó a gritarle de forma desmedida hasta que se largó, eso sí, poniendo cara de hijo de perra asesino. Un par de cosas curiosas: por mucho que gritó mi colega, por ahí no apareció nadie. Y dos: estábamos cerca de la estación (de tren)... En esos sitios no hay más que gentuza.
No tuve que usar el lápiz.
Total, que fuimos al bareto... Pero yo creo que nos perdimos y llegamos a otro. Abrimos la puerta y vimos que parecía un puto funeral. Pregunté, en algo parecido al inglés, a ver si podíamos pasar y un tío que andaba recogiendo vasos dijo que sí... Bueno, dijo: "prego, prego". Y entramos.
Que yo recuerde, el lugar era como un irlandés, pero en cerdo. En más cerdo. Daba la impresión de que iban a cerrar; no había mucha gente; todo el mundo callado... Pero no estábamos nosotros como para andárnosla jugando por ahí... y, encima, qué cojones, si en la barra había una pedazo de hembra que nos dejó acojonados. Así que nos sentamos cerca, pedimos gintonics y nos pusimos a decir chorradas (a decírselas a ella, claro).
Pasado un rato, la tía se metió en la cocina y se quitó la falda. Lo sé porque la puerta quedaba enfrente de mi taburete... y no tenía puerta. Y así, en bragas, cogió un pañuelo, lo dobló y se lo puso en la cintura, sonriéndome. En ese momento, creo que Piko se dio cuenta de que al tío no le hacía mucha gracia que yo le explicase, a la que probablemente era su novia, qué coño era una propina. Así que me pilló por banda y me recordó algo que habíamos visto en un capítulo de South Park:
Al igual en la peli, Saddam Husein resucitaba y pretendía destruir el mundo. El presidente Bush, al ser informado, decía que había que apresurarse en bombardear Irán. Su ayudante le preguntaba entonces: "Eh... Será Irak, ¿no?" y el bueno de George soltaba eso de "Qué más dará... Iran... Irak, la misma mierda".
Y nos empezamos a partir el culo. Y, no sé por qué, a repetir la frase al inglés...
Hasta que notamos algo raro. Todo estaba en silencio, salvo dentro de la barra, en la que podíamos ver cómo el camarero trataba de calmar los ánimos a uno de los parroquianos.
Me giré y descubrí que en el bar aún quedaban unos diez clientes... Y todos eran musulmanes.
Por un momento pensamos que igual era cosa nuestra, que estábamos paranóicos, que no se habían dado cuenta... pero el que estaba dentro de la barra no hacía más que señalarnos mientras nos ponía a parir y los murmullos a nuestra espalda empezaban a resultar un tanto incómodos.
"Diles que hacemos dibujos animados, que estabamos comentando un capítulo... eh... cartoon, diles cartoon...", me decía Piko todo acojonado. Yo pensaba que, si trataba de darles una explicación de cualquier tipo, me iban a cortar el cuello de la misma. "Que somos vascos, diles que somos vascos" seguía proponiendo el figura.
Total, que me levanté y llamé al camarero... Éste se acerco, con cara de pocos amigos y le pregunté a ver si podíamos tomar otra. Él lo flipó un poco, claro, pero me dijo que sí.
Y entonces, toma nota, dije algo que puede salvarte la vida:
"And we want to pay everybody what they want to drink"...
"¿¿What??" contestó.
Pero insistí, como si fuera el puto gran Gatsby, y cuando el tío tradujo en alto mi propuesta aquello se convirtió en una puta orgía de júbilo desmedido. O más o menos... porque la chavala, evidentemente, había desaparecido...
Piko me miraba agradecido... y los moros también, que mientras se ponían finos y se acercaban a brindar y a decirnos no sé qué.
Pero la historia no termina aquí, claro...
Verás, mientras disfrutábamos de la juerga, encontramos a un tipo normal, un estudiante Houston, que no sé cómo se había colado ahí. Y, como habíamos estado haciendo el imbécil, manejando mucha pasta (no preguntes cuánto nos costó esa ronda), pensábamos (Piko y yo, claro, el americano no se empapaba de nada) que, en cuanto cruzasemos la puerta nos iban a despedazar. Por chulos.
Así que pillamos por banda al tipo éste y le preguntamos a ver dónde podíamos continuar la fiesta, que teníamos hambre. Y escapamos como ninjas.
Nos acompañó durante un rato, eso sí, un moro enorme y mosqueado que, según nuestro nuevo amigo, era campeón de Europa de Full-contact, o Thai-boxing o algo así... Le pregunté (al americano, claro; al moro ni mirarlo) a ver si estaba enfadado con nosotros pero dijo que no, que tenía que ver con una chica. Luego el garrulo se piró de la misma... Tampoco tuve que usar el lápiz con ése.
Y nosotros tres llegamos a un nuevo local. No recuerdo cómo era, ni dónde estaba. Sólo sé que nada más entrar pedimos un par de hamburguesas (a las cuatro de la mañana) e invitamos a todo el bar a una ronda. Ah, es justo reconocer que aquí también había una chica bastante maja detrás de la barra. Y un gordo.
Sacaron la comida y yo me fui a mear.
A la vuelta, veo que Piko está, como una gárgola, zampándose su puta mierda, tambaleándose como si estuviera en alta mar. Me acerco y me dice que el gordo de la barra le ha llamado idiota. Voy donde el tío de Houston, que se lo estaba pasando de puta madre, por cierto. Le pregunto a ver quién cojones ha insultado a mi amigo y me dice que estoy loco... Trata de convencerme de que algo hemos entendido mal; que habiendo invitado a todo el mundo, nadie va a insultarnos ahí. Piko señala al camarero y repite, bien alto, que le ha llamado idiota y, lógico, el camarero se acerca a dar explicaciones. Explicaciones que no entendemos, porque son en italiano y estamos completamente alcoholizados... Y la cosa parece que va a terminar mal hasta que aparece la tía y dice que sí, que ha dicho "idiota", pero que se lo estaba llamando a ella.
Piko, no sé por qué, le pregunta a ver si le parece bien que ese tío la insulte... y yo reviento: cojo a mi amigo de los pelos y lo saco del bar. En plena calle nos damos unas cuantas hostias (yo a él, seamos realistas), discutimos y terminamos en el suelo... hasta que llega Houston y nos dice que, por favor, que paremos, que no está bien eso.
Le digo que se pire, que nos tiene hasta los huevos con sus chorradas y que nos vamos al hotel. Insiste en acompañarnos porque, dice, nos van a matar. Literalmente.
Y nos acompaña hasta el hotel. Y nos deja su dirección de email. Y subimos a la habitación... Y nos quedamos fritos tras insultarnos durante un buen rato.
A la mañana siguiente, suena el teléfono y la chica de abajo nos dice que una tal Elena (no sé si se llamaba así) nos espera en el vestíbulo. Son las diez de la mañana y me quiero morir. Le digo a Piko que yo no puedo salir de ahí sin un baño. Él sí, claro, como siempre... así que baja y yo me meto a la ducha, me aguanto la pota dentro y me pongo unos pantalones y un jersey (del Athletic, por cierto); sin calzoncillos, ni camiseta, ni nada... y bajo.
Ese día comimos en un restaurante, bajo un retrato de Mussolini.
Hale, y ya está bien por hoy.
Hasta aquí la versión light. Otro día cuento el viaje de vuelta, con unos rumanos sin papeles.
