sábado, 13 de diciembre de 2008

LA FUERZA DE DIEZ HOMBRES


CAPÍTULO 64:

El profesor Ramírez le mostró la cápsula. A simple vista, parecía una de esas pastillitas que todos se empeñaban en recomendarle para dormir mejor, ahora que había dejado el alcohol.

- ¿La fuerza de cien hombres? –preguntó Ramón, entusiasmado.
- Eh... bueno, o sea... estamos en España– sonrío el profesor– dejémoslo en diez..


Y entró en el baño, pues tenía el estómago sensible. Y Ramón, que odiaba todos los hábitos y costumbres del profesor, se quedó solo, mirando fíjamente esa pastilla blanca que representaba su última oportunidad de ser feliz.

“La fuerza de diez hombres”, se repitió... Tenía que ser suficiente. Rompió a llorar y, mientras dejaba correr el agua del grifo de la cocina, pensó en todo lo que había pasado, en todo lo que había sufrido desde la noche en que impidió al profesor tirarse de cabeza a la ría: meses escuchándole quejarse de cómo lo trató la comunidad científica cuando anunció lo de los viajes en el tiempo; la depresión que vino tras no poder asistir al funeral de su padre por el problema con ese prototipo de teletransportador que nunca arrancó... Y todas esas interminables historias de la infancia; las torturas del internado en Suiza y aquel frustrado affaire con la canguro... Ramón soporto todo eso y más. Pero ya tenía lo que quería. Nunca más iba a tener que sufrir su aliento y el hedor de sus sobacos; se acabó eso de quedar en ridículo delante de sus amistades del club por aparecer con semejante majadero...

Le costó convencer al profesor de que no dejará la ciencia; de que diera a su talento un talento bélico... En definitiva, de que investigase para convertir a un individuo normal en un superhombre, en el soldado definitivo.

Y lo hizo, el viejo loco lo hizo.

Ahora todo era cuestión de no perder la cabeza. “La fuerza de diez hombres”, pensó. Y, cuando el chorro del agua adquirió un tono marrón más o menos soportable, puso la cápsula sobre la lengua y bebió.

Bebió medio litro.

Luego se quedó mirando por la ventana. Le gustaba observar a las putas y los yonkis. Le hacían sentirse un poco mejor, a veces.

El profesor le puso la mano (mojada) en el hombro:

- Empezará a hacer efecto media hora después de la ingestión... Amigo mío, ahora será suya. Esa perra tendrá que someterse a todos sus deseos...
- No la llame así, profesor.
- Eh... Sí, claro, yo... como usted siempre decía eso de que era una "perra bastarda"...
- Ya, pero...
- Y una "hija de la gran puta", eso se lo he oído yo decir un millón de veces por lo menos...

- Eso era antes. Cuando era débil...

El profesor vio una lágrima deslizándose por su mejilla y dejó de restregarle el pasado por la cara.

- Bueno, campeón, repasemos el plan- dijo, tratando de animar a Ramón.
- No es necesario... ¿No tiene alguna molécula que analizar o algún bicho que abrir en canal, profesor?- le espetó, tratando de quitárselo de encima.
- En estos momentos todo mi tiempo es para usted, amigo mío– y sacó una libreta que utilizaba para apuntarlo todo.
- No, no, deje... Si ya sé qué tengo que hacer: iré a la fiesta, saludaré a la marquesa y fingiré un apretón. Cuando llegue al cagadero destrozaré el tabique de la izquierda y entraré en sus aposentos. Ella estará recogiendo la colada o realizando cualquier otra tarea indigna. La cogeré en mis brazos, la besaré y nunca más será la esclaba de nadie.
- ¿Recuerda el plan de huída?
- He memorizado cada pasillo. Cruzaré los sótanos y s
aldré por la puerta de servicio... Y si alguien se interpone en nuestro camino...
- “La fuerza de diez hombres”.
- Eso es: “la fuerza de diez hombres"- repitió Ramón.

Acto seguido, abrazó al profesor, le dio las gracias y partió hacia el caserón de la marquesa. El profesor se quedó, satisfecho, mirando a la nada. Hasta que le vino a la cabeza una advertencia que olvidó mencionar a su amigo:

“Tal vez debería haberle comentado que a la hora de ingerir la cápsula no bebiera agua, ni antes, ni después. Una sola gota podría provocar una ruptura total de armonía en los filotes de su organismo que... lo haría enloquecer, y mutar... y Dios sabe que más. No... no puedo imaginar siquiera qué sucedería si...”

Luego se tranquilizó: nunca había visto a Ramón bebiendo agua.

Miró a las putas y sonrió.

CAPÍTULO 65:

El vídeo me lo ha mandado Asier y puedes descargarlo aquí.