jueves, 8 de enero de 2009

A PROPÓSITO DE LENIN (II)


Sucesivos experimentos pusieron de manifiesto la siguiente paradoja: si, después de que dos grupos de voluntarios acepten participar en un experimento, se les informa de que el experimento incluirá cosas desagradables, algunas incluso en contra de su ética, y si, llegados a ese punto, se les recuerda a los miembros del primer grupo que son libres de elegir decir que no, mientras que al otro grupo no se le dice nada, en ambos grupos, el mismo (muy elevado) porcentaje de gente estará de acuerdo en continuar participando en el experimento. Lo que esto quiere decir es que conceder la libertad formal de elección no cambia nada: aquellos a los que se les da la libertad harán lo mismo que aquellos a los que (implícitamente) se les niega. Esto, empero, no significa que el recordar/otorgar la libertad de elección no cambie nada: no es sólo que aquellos a los que se les da la libertad de elección tiendan a escoger lo mismo que aquellos a los que se les niega; es que, además de eso, tenderán a “racionalizar” su “libre” decisión de continuar participando en el experimento –incapaces de soportar la llamada disonancia cognitiva (su conciencia de que están actuando libremente en contra de sus intereses, de sus propensiones, de sus gustos o sus normas), tenderán a cambiar su opinión con respecto a la acción que les ha pedido que realicen.
[...] Jean-Louis Beauvois enumera tres modos de lo que lleva a la gente a realizar un acto tal, que va completamente en contra de sus propensiones y/o intereses percibidos: el modo autoritario (la pura orden: “¡Tienes que hacerlo porque yo lo digo, sin rechistar!”, sustentada por la recompensa, en caso de que el sujeto lo haga, y el castigo, en caso contrario), el totalitario (la referencia a cierta causa superior o cierto bien común, que es más grande que el interés que el sujeto percibe: “¡Tienes que hacerlo porque, aunque sea desagradable, va en provecho de nuestra nación, nuestro partido, o la humanidad!”), y el liberal (la referencia a la propia naturaleza interior del sujeto: “Lo que se te está pidiendo puede parecer repulsivo, pero mira en tu interior más profundo y descubrirás que está en tu auténtica naturaleza el que lo hagas, ¡te parecerá atractivo, te darás cuenta de nuevas e inesperadas dimensiones de tu personalidad!”). En este punto Beauvois debe ser corregido: un autoritarismo directo prácticamente no existe –incluso el régimen más opresivo legitima públicamente su dominio mediante una referencia a cierto bien más elevado, y el hecho de que, en definitiva, “tienes que obedecer porque yo lo digo” únicamente resuena como un plus obsceno que se puede distinguir entre líneas–. Ese referirerse a cierto bien elevado es más bien lo específico del autoritarismo típico (“¡Sean cuales sean tus inclinaciones, tienes que seguir mis órdenes por el amor del sumo bien!”), mientras que el totalitarismo, como el liberalismo, interpela al sujeto en nombre de su propio bien (“lo que puede parecerte una presión externa, en realidad es la expresión de tus intereses objetivos, de aquello que quieres realmente sin ser consciente de ello”). La diferencia entre ambos radica en otro lugar: el “totalitarismo” impone al sujeto su propio bien, aunque vaya en contra de su voluntad –recordemos la (desgraciadamente) famosa afirmación del Rey Carlos I de Inglaterra: “Si alguien es lo bastante insensato como para oponerse, antinaturalmente, a su rey, su país y su propio bien, haremos que sean felices, con ayuda de Dios, incluso en contra de su voluntad” (Carlos I al Conde de Essex, 6 de agosto de 1644). [...]El liberalismo pretende evitar (o, más bien, encubrir) esta paradoja aferrándose hasta el final a la ficción de la inmediata autopercepción del sujeto como libre (“Yo no digo que sepa mejor que tú lo que tú quieres –sólo te digo que mires en tu interior y decidas libremente lo que quieras–“).

Slavoj Žižek, Amor sin piedad. Hacia una política de la verdad (Síntesis).

Partes I, III y IV.