jueves, 8 de enero de 2009

A PROPÓSITO DE LENIN (III)


¿Qué es lo que hace, efectivamente, que un sujeto escoja libremente lo que se le impone en contra de sus intereses y/o sus propensiones? Aquí no basta la investigación empírica de las motivaciones “patológicas” (en el sentido kantiano del término): la enunciación de un mandato que impone a aquél/aquella que lo recibe un compromiso/acuerdo que pone de manifiesto una fuerza intrínseca propia, de forma que lo que puede parecernos un obstáculo –la ausencia de un “porqué”–. En este punto, Lacan puede ser de alguna ayuda: el “significante maestro” lacaniano designa precisamente esta fuerza hipnótica del mandato simbólico que descansa únicamente en el propio acto de su enunciación –es aquí donde encontramos la “eficacia simbólica” en su estado más puro–. Las tres formas de legitimar el ejercicio de la autoridad (la “autoritaria”, la “totalitaria” y la “liberal”) no son sino las tres formas de encubrir, de enceguecernos frente al poder seductor, frente al abismo de este reclamo vacío. En cierto modo, el liberalismo, aquí, es incluso el peor de los tres, ya que naturaliza las razones por las que se obedece convirtiéndolas en la estructura psicológica interna del sujeto. Así pues, la paradoja es que los sujetos “liberales” son, en cierto sentido, los menos libres: cambian la propia opinión/percepción que tienen de sí mismos, aceptando lo que se les ha impuesto como algo que tiene su origen en su propia “naturaleza” (ya ni siquiera son conscientes de su insubordinación).

Slavoj Žižek, Amor sin piedad. Hacia una política de la verdad (Síntesis).

Partes I, II y IV.