lunes, 16 de marzo de 2009

MICOLOGÍA


Igual han pasado ya cinco años. Marcos vivía en Uribarri y solíamos quedar, a menudo, en su casa, para soplar cerveza barata (la más barata) y charlar de literatura (barata también, anclados en Miller y demás, supongo).

Una tarde, pillamos un ciego brutal con un alijo de setas mejicanas; de ésas que, dicen, no es bueno comerse más de tres y, recomiendan, mejor ingerir en espacios abiertos, con colegas y de buen rollo.


Nosotros, encerrados en casa, viendo un vídeo de Yoko Ono, tócate los huevos.

Recuerdo que, al de veinte minutos de ponernos a ello, noté que me hervía la sangre; parecía estar nadando en un mar a treinta grados... y todo parecía tener un aura alrededor. “Tranquilo, es normal... Piensa que, de algún modo, ahora te estás intoxicando”.

Vaya que sí.

“¿Cuántas me comí yo? Cuatro o cinco, por lo menos” pregunté al día siguiente. Marcos reía: “tío, yo te pasé más de diez”.

Y eso explica muchas cosas. Por ejemplo, que esa noche no terminara nunca. Lo que fueron ocho o diez horas de viaje, se convirtieron en una experiencia de varios días; cada vez que miraba al reloj, éste permanecía en el mismo lugar, no como la cabeza, que gozaba de un espejismo tras otro. Brutal, hay que reconocerlo, nada que ver con ninguna otra cosa.

Pero, ojo: al día siguiente dormí como Dios, sin resacas ni fallos en Matrix, pero... me decía: ¿y si quedas atrapado en una pesadilla interminable? He ahí la razón por la que nunca he querido repetir la experiencia.

Y todo esto me viene a la cabeza mientras estudio un par de cuadros, pintados por Marquitos, que nos ha regalado para la habitación de Lide. Contra todo pronóstico, están muy chulos. Él se va a Fuerteventura, a combatir la crisis, y espero que, para cuando venga de visita, estén colgados.

Pienso también qué pensará mi madre si lee esto. Y poco más.