viernes, 24 de abril de 2009

EL AHORRO


Acabo de empezar ¿Quién dijo Totalitarismo? Cinco intervenciones sobre el (mal) uso de una noción, de Slavoj Žižek (Pre-Textos):

Si queremos profundizar en el misterio del deseo, no debemos centrarnos en el amante o en el asesino esclavizados por su pasión, dispuestos a aventurar cualquier cosa, todo, por ella, sino en la actitud del avaro ante su cofre, el lugar secreto en el que guarda y acumula sus posesiones. El misterio es, por supuesto, que en la figura del avaro, el exceso coincide con la falta, el poder con la impotencia, el acaparamiento ávido con la elevación del objeto a la condición de Cosa prohibida/intocable que uno tiene que limitarse a observar, pero de la que nunca se puede gozar plenamente. ¿No es esta visión cabal del avaro la que ofrece el aria de Bartola, “A un doctor de la mia sorte”, del Acto I de El barbero de Sevilla de Rossini? Su locura obsesiva expresa perfectamente el hecho de que se muestre indiferente por completo ante la perspectiva de mantener un contacto sexual con la joven Rossina: quiere casarse con ella para poder poseerla y guardarla, no de otra forma de como el avaro posee su caja de caudales. En términos más filosóficos, la paradoja del avaro es que alía dos tradiciones éticas icompatibles: la éstica aristotélica de la moderación y la ética kantiana de una demanda incondicional que desquicia el “principio de placer”, puesto que el avaro eleva la propia máxima de la moderación a demanda incondicional. Así, el mismo aferrarse a la regla de moderación, la propia evitación del deseo, genera por sí misma un exceso, un plus de goce.
La llegada del capitalismo ha alterado sutilmente, sin embargo, esta lógica: el capitalista ya no es el avaro solitario amarrado a su tesoro oculto que contempla furtivamente cuando se encuentra a solas, tras sus puertas bien cerradas, sino el sujeto que acepta la paradoja básica de que la única manera de preservar y multiplicar el propio tesoro es gastarlo. Aquí la fórmula de amor de Julieta (“cuanto más doy, más tengo”) sufre una perversa torsión. ¿No es también esta fórmula la de la empresa capitalista, puramente virtual a lo Donald Trump, cuya liquidez es prácticamente cero, o incluso negativa, pero que es considerado como “rico” a causa de la perspectiva de beneficios futuros. Así -volviendo a la “determinación por oposición hegeliana”- el capitalismo, en cierto sentido, la la vuelta a la noción de ahorro como determinación por oposición (la forma de la aparición) a ceder al deseo (o sea, consumir el objeto): el género aquí es la avaricia, mientras que el consumo excesivo e ilimitado es la avaricia misma en su forma de aparición (determinación por oposición).
Esta paradoja básica nos permite incluso generar fenómenos como el de marketing, cuya estrategia más elemental consiste en apelar al ahorro del consumidor: “¡compre esto, gaste más y economizará, tendrá derecho a otro gratis!” ¿No es éste el mensaje final de las cuñas publicitarias? Consideremos la proverbial imagen chovinista-machista de la mujer que vuelve de una de sus excursiones de compras y le dice al marido: “¡Acabo de conseguir que nos ahorremos doscientos dólares! Sólo quería comprarme una chaqueta, pero al comprar tres me han hecho un descuento de doscientos dólares”. La representación privilegiada de ese extra es el tubo de pasta dentífrica cuyo tercio superior está coloreado de una manera diferente, con un “¡le damos el 30% gratis!” en letras mayúsculas. En esta situación, me asalta siempre la tentación de decir: “¡está bien, déme sólo el 30% del tubo!” En el capitalismo, la definición del “precio adecuado” es un precio de descuento. La desgastada designación “sociedad de consumo” sólo se tiene en pie si se concibe el consumo como el modo de aparición de su opuesto, el ahorro.