lunes, 6 de abril de 2009

HIJOS DE LOS HOMBRES


A estas alturas, está claro que es una de mis pelis favoritas. En el primer capítulo de Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales (Paidós), Žižek la saca a colación para contarnos lo siguiente (ojo, spoiler):

En Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón, basada en la novela de P. D. James, la aldea liberal-comunista es el propio Reino unido. Estamos en el año 2026 y la raza humana ya no es capaz de reproducirse. El habitante más joven de la tierra, nacido hace dieciocho años, acaba de ser asesinado en Buenos Aires. El Reino Unido vive en un permanente estado de emergencia: escuadrones antiterroristas persiguen a inmigrantes ilegales y el poder del Estado gobierna a una población menguante que vegeta en un hedonismo estéril. Una permisividad lúdica junto con nuevas formas de apartheid y control social basadas en el miedo: ¿no son así actualmente nuestras sociedades? Pero aquí está el golpe de genio de Cuarón: “Muchas historias del futuro implican algo así como el Gran Hermano, pero creo que tal es la visión de la tiranía del siglo XX. La tiranía hoy imperante adopta nuevos disfraces; la tiranía del siglo XXI se llama democracia”. Por eso los gobernantes del mundo de Cuarón no son grises y orwellianos burócratas totalitarios vestidos de uniforme, sino administradores ilustrados, democráticos, cultos, cada uno con su propio estilo de vida. Cuando el héroe visita a un ex amigo, ahora alto funcionario del gobierno, con el objeto de conseguir un permiso especial para un refugiado, entramos en al parecido al loft de una pareja gay de clase alta de Manhattan y vemos al funcionario vestido informalmente sentado a la mesa con su compañero lisiado.
Por supuesto, Hijos de los hombres, no es una película acerca de la infertilidad biológica, sino que trata de una infertilidad que hace mucho tiempo diagnosticó Friedrich Nietzsche, cuando percibió que la civilización occidental se movía en dirección al último hombre, una criatura apática sin grandes pasiones o compromisos, incapaz de soñar, cansada de la vida, que no asume riesgos, que sólo busca la comodidad y seguridad, una expresión de tolerancia mutua: “un poco de veneno de vez en cuando produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener una muerte agradable. La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse. [...] La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, pero honra la salud. Nosotros hemos inventado la felicidad, dicen los últimos hombres, y parpadean”.
Nosotros, los habitantes de los países del primer mundo, encontramos cada vez más difícil imaginar una causa pública o universal por la que estaríamos dispuestos a dar la vida. De hecho, la división entre primer y tercer mundo tiende más a la línea de una oposición entre llevar una vida larga y satisfactoria llena de riqueza material y cultural y dedicar la propia vida a alguna causa trascendental. ¿No es éste el antagonismo entre lo que Nietzsche llamó nihilismo pasivo y activo? En Occidente somos nosotros los últimos hombres, inmersos en estúpidos placeres diarios, mientras que los musulmanes radicales están dispuestos a arriesgarlo todo, implicados en un combate nihilista hasta el extremo de su autodestrucción. Lo que está desapareciendo de forma gradual en esta oposición entre los que están dentro, los últimos hombres que moran en asépticas urbanizaciones cerradas, y los que están fuera son las viejas clases medias de siempre. La “clase media es un lujo que el capitalismo no puede seguir permitiéndose” (John Gray). El único lugar en Hijos de los hombres donde una extraña sensación de libertad nos invade es Bexhill on Sea, una especie de territorio virgen al margen de la omnipresente y sofocante opresión. El pueblo que mantienen su habitantes, que son inmigrantes ilegales, está aislado por un muro y se ha convertido en un campo de refugiados. La vida prospera aquí entre manifestaciones fundamentalistas islámicas, pero también entre actos de auténtica solidaridad. No debería de sorprendernos que la extraña criatura, el bebé recién nacido, aparezca aquí. Al final del film las fuerzas aéreas bombardean despiadadamente Bexhill on Sea.

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