jueves, 21 de mayo de 2009

HEGEL Y EL REY


En el segundo capítulo de Porque no saben lo que hacen. El goce como factor político (Paidós), Žižek se centra en Hegel, criticado a menudo por su trato a la monarquía (pues ven una concesión a las circunstancias históricas preburguesas o una pose conformista, por ejemplo):

Para ser efectiva –sostiene Hegel-, la unidad del Estado debe encarnarse una vez más en un individuo, y sólo en su existencia la Voluntad existirá por sí misma (logrará existencia inmediata); esta exigencia de inmediatez natural sería satisfecha del mejor modo precisamente por el linaje... No obstante, esta crítica [que recibe Hegel] falla por completo: no se trata de que sea sencillamente errónea, sino de que, sin saberlo, confirma la idea básica de Hegel. La monarquía constitucional es un todo orgánico articulado racionalmente, a cuya cabeza hay un elemento “irracional”, la persona del rey. Lo crucial es precisamente el hecho acentuado por los críticos de Hegel: el abismo que separa al Estado como totalidad racional orgánica, del factum brutum “irracional” de la persona que encarna el poder supremo, es decir, medio de la cual el Estado asume la forma de la subjetividad. Contra la objeción de que de tal modo el destino del Estado queda librado a la contingencia natural de la constitución psíquica del soberano (su sabiduría, honestidad, coraje, etcétera), Hegel replica:

[...] esto se basa en un presupuesto trivial, a saber: que todo depende del carácter particular del monarca. En un Estado completamente organizado, se trata sólo del punto culminante de la decisión formal [...]. Es por lo tanto un error pedir que el monarca tenga cualidades objetivas; él sólo tiene que decir “sí” y ponerle el punto a la “i” [el acento, más bien] [...] cualquier otro poder que pueda tener el monarca además de este poder de la decisión final, forma parte y parcela de su carácter privado y no debería tener ninguna consecuencia [...] En una monarquía bien organizada, el aspecto objetivo pertenece exclusivamente a la ley, y la parte del monarca consiste sólo en sumarla a la ley el “yo quiero” subjetivo.

De modo que el acto del monarca es de naturaleza puramente formal: su marco está determinado por la constitución política, y el contenido concreto de sus decisiones le es propuesto por sus consejeros, de modo que “a menudo, lo único que tiene que hacer es firmar con su nombre. Este nombre es importante. Es la última palabra, más allá de la cual no se puede ir”.

Con esto queda todo dicho. El monarca funciona como un significante “puro”, un significante-sin-significado; toda su realidad (su autoridad) reside en su nombre, y precisamente por esa razón su realidad física es totalmente arbitraria y puede quedar librada tras las contingencias biológicas del linaje. El monarca encarna entonces la función del significante amo en su mayor pureza; es el Uno de la excepción, la protuberancia “irracional” del edificio social, que transforma la masa amorfa del “pueblo” en una totalidad concreta de costumbres. Por medio de su ex-sistencia de significante puro, él constituye el todo de la trama social en su “articulación orgánica” (organische Gliederung), el excendente “irracional” como condición de la totalidad racional, el exceso de significante “puro”, sin significado, como condición del todo orgánico de significante/significado: “Tomado sin su monarca y sin la articulación del todo que es la concomitancia indispensable y directa de la monarquía, el pueblo es una masa informe y ya no un Estado”.

En otras palabras, el monarca no es sólo un “símbolo” de la comunidad: es decididamente más. A través de él, en él, la comunidad alcanza su ser-para-sí y de tal modo se realiza: es un símbolo paradójico por medio del cual se actualizar el contenido simbolizado. El monarca sólo puede realizar esta tarea en la medida en que su autoridad sea de naturaleza puramente preformativa y no basada en sus capacidades efectivas. Se supone que sólo sus consejeros, la burocracia total en general, han sido escogidos de acuerdo con sus respectivas capacidades y su idoneidad para las tareas requeridas. Por lo tanto, se mantiene la brecha entre los empleados del Estado que deben obtener su puesto por medio del trabajo duro, demostrando sus méritos, y el propio monarca como punto de la pura autoridad del significante:

[...] la multitud de individuos, la masa del pueblo, enfrenta a un individuo Único, el monarca: ellos son la multitud, el movimiento, la fluidez; él es la inmediatez, lo natural. Sólo él es natural, es decir, en él se refugia la naturaleza; él es su último resto, un resto positivo; la familia del príncipe es la única familia positiva (todas las otras deben ser dejadas atrás), los otros individuos sólo tienen valor en cuanto están desposeídos, en cuanto se han hecho a sí mismos.

Esta coincidencia de la pura cultura (el significante vacío) con el resto de la naturaleza en la persona del rey, entraña la paradoja de la relación del rey con la ley: en términos estrictos, el rey no puede violar la ley, puesto que su palabra hace la ley inmediatamente; sólo contra este trasfondo se llega a la justificación racional de la prohibición incondicional kantiana respecto del derrocamiento violento del rey. En este sentido, el monarca funciona como una personificación de la “paradoja escéptica” de Wittgenstein: no podemos decir que este acto viola la regla, puesto que (re)define. Todos los otros sujetos están marcados por la brecha que separa para siempre su realidad “patológica”, lo que ellos efectivamente son y hacen, respecto del orden ideal de lo que deben ser: ellos nunca corresponden plenamente a su concepto y, en consecuencia, pueden ser juzgados y medidos por su (in)adecuación a aquél; el monarca, en cambio, es inmediatamente la actualidad de su propio concepto. Para decirlo en términos kantianos: el rey es una cosa que ha adquirido existencia fenoménica, un punto de cortocircuito entre el orden nouménico de la libertad (la ley moral) y el nivel de la experiencia fenoménica: más precisamente, aunque él no es la Cosa, nosotros, los súbditos, estamos obligados a actuar como si fuera la Cosa encarnada.

De modo que la paradoja del monarca hegeliano consiste en que, en un sentido, él es el punto de locura de la trama social; su posición social está determinada inmediatamente por su linaje, por la biología; él es el único individuo que, por su “naturaleza”, es ya lo que (socialmente) es: todos los otros deben “inventarse” a sí mismos, elaborar el contenido de su ser por medio de su actividad. Como siempre, Saint-Just tenía razón cuando, en su acusación contra el rey, exigió su ejecución, no a causa de cualquiera de sus hechos específicos, sino simplemente porque era rey. Desde un punto de vista republicano, el crimen supremo consiste en el hecho mismo de ser el rey, no en lo que él haga como rey.


ACTUALIZACIÓN:

¿Y las conclusiones? Bueno, tendrás que hacerte con el libro, pero, ya puestos, terminemos este apartado:

Su conclusión [la de Hegel] es aproximadamente la siguiente: en la medida en que un amo es indispensable en política, no debemos condescender con el razonamiento de sentido común según el cual “el amo debe ser por lo menos tan sabio, valiente y bueno como resulte posible...”. Por el contrario, tenemos que mantener la mayor brecha posible entre la legitimación simbólica del amo y el nivel de las calificaciones “efectivas”, localizar la función del amo en un lugar excluido del todo, reducirlo a una agencia de decisión puramente formal, de manera que no importe que sea en realidad un idiota... En el punto mismo donde Hegel parece elogiar a la monarquía, traza una suerte de separación entre S1 y a, entre el significante puro y el objeto. Si el poder de fascinación carismático del rey depende de una concomitancia de S1 y a (de la ilusión de que el significante amo oculta profundamente dentro de sí al objeto precioso), Hegel los separa y nos muestra, por una parte, a S1 en su tautología imbécil de nombre vacío, y por la otra al objeto (el cuerpo del monarca) como puro excremento, un resto anexado al nombre.

Hale, ahí queda eso.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

!!!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

Me quedo con esto:

"Como siempre, Saint-Just tenía razón cuando, en su acusación contra el rey, exigió su ejecución, no a causa de cualquiera de sus hechos específicos, sino simplemente porque era rey. Desde un punto de vista republicano, el crimen supremo consiste en el hecho mismo de ser el rey, no en lo que él haga como rey".

Anónimo dijo...

Curioso texto

Anónimo dijo...

Curioso texto

Anónimo dijo...

Hablando del rey de Roma:

http://www.publico.es/espana/229924/rey/democrata/inteligente/humor

Winston Smith dijo...

Muy interesante: Saint-Just siempre pegado a las faldas de Robespierre. Ya sabemos como acabaron (lo de Robespierre da para mucho).

Y que decir de Hegel, ese entusiasta de Napoleón: "Todo lo real es racional y todo lo racional es real"... A partir de aqui lo Total y lo Absoluto se hicieron posible en la historia: nazismo, estalinismo, terrorismo, nacionalismo, franquismo, etc, etc, etc...

Y del Borbón no hablo: "Que le corten la cabezaaaaaa" (que diría la Reina de Corazones)