martes, 23 de junio de 2009

HITLER: EL GRAN HERMANO


La dificultad con Orwell es que el vocabulario de 1984 (el Gran Hermano, la Policía del Pensamiento, etcétera) ya se ha convertido en un lugar común, lo que desde luego supone una serie de simplificaciones cruciales; baste con que recordemos la idea de la “manipulación total”: subsiste algún sujeto oculto que supervisa todo el proceso social, que no ignora nada, que “tiene todos los hilos en sus manos”, que asume el derecho de juzgar a toda la sociedad. Esta presentación del “amo totalitario” como el gran Otro que no es por su parte “engañado”, que no está inscrito en un juego que él no gobierna, reproduce el mito propagado por el propio totalitarismo... A pesar de sus defectos, la visión de Orwell para 1984 está lejos de este tipo de ingenuidad: él sabe muy bien que no hay por un lado bobalicones manipulados y por el otro un Manipulador no engañado, que podría “dirigir el juego”: quien más cree en el totalitarismo, quien realmente cree en los resultados de la manipulación, es el propio manipulador:

En nuestra sociedad, quienes mejor saben lo que está sucediendo son quienes están más lejos de ver el mundo como es. En general, cuanto mayor es la comprensión, más grande el engaño: cuanto mayor la inteligencia, menos la sensatez...

Estas líneas aparecen en “el libro de Goldstein” incluido en 1984. Ésta es la paradoja que está en el núcleo del denominado doble pensamiento. Debemos manipular conscientemente y sin pausa, cambiar el pasado, fabricar la “realidad objetiva”, y al mismo tiempo creer sinceramente en los resultados de esta manipulación. El universo totalitario es un universo de escisión psicótica, de renegación de la evidencia obvia, no un universo de “secretos reprimidos”: el universo que “alucinamos” de ningún modo nos impide creer en el resultado-efecto del engaño.
Para que no quede la impresión de que estos postulados de Orwell son sólo posibilidades abstractas, absurdas, nunca completamente realizadas, basta leer, por ejemplo, el Mein Kampf de Hitler: ya en la primera lectura se advierte la debilidad de la idea de que Hitler simplemente mentía, manipulaba, contaba conscientemente con los “bajos instintos” de las masas, etcétera. No se trata de que este reproche sea insostenible, sino de algo mucho más inesperado: equivale a tratar de abrir una puerta abierta, intentando demostrar laboriosamente lo que el propio Hitler admitía sin reparos, puesto que escribió en abundancia sobre la manipulación de la “psicología de las masas”, sobre cómo es necesario histerizar a la multitud, mentir y simplificar los problemas, encontrar soluciones simples y comprensibles, mantenerlas en la obediencia con una mezcla de promesas y amenazas... Sin embargo, enfrentamos aquí una trampa crucial: la conclusión falaz de que no es necesario tomar en serio la teoría nazi, de que no merece una crítica teórica seria, puesto que ella misma no se toma en serio. Ésta es la trampa de pensar que estamos ante simples medios de manipulación sin pretensiones intrínsecas de tener valor de verdad, instrumentos externos ante los cuales los propios nazis conservaban una distancia cínica. Ésta es una trampa en la que incluso ha caído un intelectual crítico perspicaz como Adorno.
Ese modo de ver no advierte el hecho clave: a pesar de tener conciencia de la manipulación, Hitler creía básicamente en sus resultados. Por ejemplo, sabía que la imagen del judío como enemigo que “maneja todos los hilos” era sólo un medio para canalizar la energía agresiva de las masas, para frustrar su radicalización en la dirección de la lucha de clases, etcétera. Pero al mismo tiempo, creía realmente que los judíos eran el enemigo primordial. La dimensión insólita de esta escisión, de esta coexistencia del cinismo y el fanatismo más profundo, es lo que evitamos al interpretarla como el cinismo de la manipulación, al ver el momento de la verdad sólo en la manipulación (la idea popular de los nazis como autoridad cínica e inescrupulosa que lo manipulaba todo). Esta evitación nos permite reducir el sujeto nazi al tradicional sujeto burgués utilitario-egoísta.

Žižek, en Porque no saben lo que hacen (Paidós).

2 comentarios:

Billy dijo...

Este tío es bueno. Es probable que me compre un libro suyo y todo. ¿Cuál me recomiendas?

egoitzmoreno.com dijo...

No sé. De momento, todos están bien, aunque algunos son un tanto duros... Yo empezaría por los más asequibles: "Bienvenidos al desierto de lo real", "Mirando al sesgo", "En defensa de la intolerancia"...

Un saludo,

e.