jueves, 4 de junio de 2009

NACIÓN


La identificación nacional es un caso ejemplar de borde externo que se refleja en un límite interno. Desde luego, el primer paso hacia la identidad de la nación pasa por sus diferencias respecto de otras naciones, y establece un borde externo: si me identifico como un inglés, me distingo de los franceses, los alemanes, los escoceses, los irlandeses, etcétera. Sin embargo, en la etapa siguiente, se plantea la cuestión de quién es el “verdadero inglés” entre los ingleses, el paradigma de la “anglicidad”. ¿Quiénes son los ingleses que corresponden plenamente al concepto de inglés? ¿Lo son los nobles terratenientes que aún quedan? ¿Los obreros industriales? ¿Los banqueros? En realidad, en la imaginería política del gobierno de Tatcher se produjo una revolución, como un cambio en el centro de gravedad de “la anglicidad real”: dejaron de ser “verdaderos ingleses” los terratenientes de la nobleza que preservaban las antiguas tradiciones, reemplazados por los self made men de los estratos inferiores, que se habían “hecho a sí mismos”. Pero, por supuesto, la respuesta final es que nadie es plenamente inglés, que todo inglés empírico contiene algo “no-inglés”. La “anglicidad” se convierte entonces en un “límite interno”, un punto inalcanzable que les impide a los ingleses empíricos realizar su plena identidad consigo mismos.

Aplicado a los vascos, se ajusta plenamente, me temo.

Por cierto, el párrado es de Žižek, de Porque no saben lo que hacen (Paidós).

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