lunes, 21 de septiembre de 2009

HISTERIA


El problema del histérico o de la histérica es cómo distinguir lo que es (su verdadero deseo) de lo que otros ven y desean en él o en ella. Esto nos lleva a otra de las fórmulas de Lacan, la de “el deseo del hombre es el deseo del otro”. Para Lacan, el impasse fundamental del deseo humano es que se trata de un deseo del otro, deseo de ser deseado por el otro y, en particular, deseo por lo que el otro desea. La envidia y el resentimiento son componentes constitutivos del deseo humano, como tan bien lo sabía Agustín –recuérdese el pasaje de sus Confesiones, citado a menudo por Lacan, que describe a un niño muy pequeño, celoso de su hermano mientras su madre lo amamanta: “Yo he visto y conocido a un niño que aún no podía hablar– . Tan celoso y envidioso estaba que miraba lívido y con cara amarga a un hermano suyo de leche”. Basándose en esta observación, Jean-Pierre Dupuy propuso una persuasiva crítica de la teoría de la justicia de John Rawls: en el modelo de Rawls de una sociedad justa, las desigualdades sociales son tolerables siempre y cuando beneficien a aquellos que se encuentran en los peldaños más bajos de la escala social, y no estén basadas en jerarquías heredadas, sino en desigualdades naturales consideradas contingentes, no indicadoras de mérito. Lo que Rawls no contempla es cómo una sociedad semejante puede crear las condiciones para una explosión incontrolable de resentimiento: en ella, sabría que mi status inferior está totalmente justificado y no tendría posibilidad de culpar a la injusticia social por mi fracaso.
Rawls propone un modelo aterrador de sociedad, en el que las jerarquías están directamente legitimadas por propiedades naturales, y pierde de vista la simple lección del cuento del campesino esloveno al que una bruja buena le dice: “Te daré lo que quieras, pero te advierto, a tu vecino le daré el doble”. El campesino piensa rápidamente, hasta que una sonrisa astuta se le dibuja en el rostro y le dice: “¡Llévate uno de mis ojos!”. Hoy, no sorprende que hasta los conservadores estén listos para apoyar la noción de justicia de Rawls: en diciembre de 2005, David Cameron, flamante líder electo por los conservadores ingleses, manifestó su intención de convertir al Partido Conservador en defensor de los desposeídos, al declarar: “Creo que la mejor prueba por la que nuestras medidas tendrían que pasar debería ser: ¿qué hacen por la gente que menos tiene, los que están en el escalón más bajo de la escala?”. Hasta Friedrich Hayek estaba en la senda correcta cuando señaló que es mucho más fácil aceptar las desigualdades si uno se puede decir que son el resultado de una fuerza ciega e impersonal. De modo que lo bueno de la “irracionalidad” del éxito o el fracaso en el libre mercado capitalista (recuérdese el viejo motivo del mercado como una versión moderna del Destino insondable) es que me permite percibir mi fracaso (o mi éxito) como “inmerecido” y contingente. Así, la injusticia del capitalismo es una rasgo clave que lo vuelve tolerable para la mayoría (puedo aceptar mi fracaso más fácilmente si sé que no se debe a la inferioridad de mis condiciones, sino a la suerte).
Lacan comparte con Nietzsche y Freud la idea de que la justicia como equidad se funda en la envidia: en nuestra envidia del otro que tiene lo que nosotros no tenemos, y que goza de ello. La demanda de justicia es en última instancia la demanda de que el goce excesivo del otro sea reducido, de tal modo que el acceso al goce sea equitativo para todos. El resultado lógico de esta demanda, por supuesto, es el ascetismo: como no es posible imponer un goce equitativo para todos, lo que se impone es una misma prohibición compartida equitativamente. Sin embargo, no hay que olvidarse de que hoy, en nuestra sociedad supuestamente permisiva, el ascetismo asume la figura exactamente opuesta, la del mandato generalizado: “¡Goza!”. Estamos bajo el hechizo de este imperativo, con el resultado de que nuestro goce se halla más obstaculizado que nunca –recuérdese al yuppie que combina la autorrealización completamente narcisista con la disciplina ascética de correr y de comer comida sana–. Tal vez sea esto lo que Nietzsche tenía en mente con su noción del “último hombre” –recién hoy podemos discernir claramente los contornos del “último hombre” bajo la forma imperante del ascetismo hedonista–. En el mercado actual podemos encontrar toda una serie de productos privados de sus propiedades dañinas: café sin cafeína, crema sin grasas, cerveza sin alcohol... y sigue la lista. ¿Y qué decir acerca del sexo virtual sin sexo, de la doctrina Colin Powell de guerra sin bajas (de nuestro lado, por supuesto) como guerra sin guerra, de la redefinición contemporánea de la política como un arte de la administración a cargo de expertos como política sin política, tanto como de la tolerancia multiculturalista del liberalismo vigente como una experiencia del Otro privado de su Otredad (el Otro idealizado que baila danzas fascinantes y que tiene una visión holística de la realidad fundada en bases ecológicas, mientras se dejan de lado rasgos como la violencia contra las esposas)? La realidad virtual simplemente generaliza este procedimiento de ofrecer un producto despojado de su sustancia: presenta la realidad misma despojada de su sustancia, del núcleo duro y resistente de lo real. Así como el café descafeinado huele y sabe a café real sin ser la cosa real, la realidad virtual se experimenta como realidad sin serlo. Todo está permitido, podemos gozar de todo a condición de que esté despojado de la sustancia que lo vuelve peligroso.

Žižek, en Cómo leer a Lacan (Paidós).


2 comentarios:

hijoeputa dijo...

Ves? Este si me ha gustado, jajajaja.voiserro

Anónimo dijo...

qué bueno.