martes, 22 de septiembre de 2009

KANT Y LOS ZOMBIES


Tal vez la mejor forma de describir el estatuto de esta dimensión humana del prójimo es hacer referencia a la filosofía de Kant. En Crítica de la razón pura, Kant introduce una distinción clave entre juicios negativos e indefinidos: la proposición afirmativa “el alma es mortal” puede ser negada de dos maneras. Podemos negar el predicado (“el alma no es mortarl”) o afirmar un predicado negativo (“el alma es no mortal”). La diferencia es exactamente la misma que la diferencia tan bien conocida por cualquier lector de Stephen King, entre “él no está muerto” y “él está no muerto”. El juicio indefinido abre un tercer dominio que erosiona la distinción entre lo muerto y lo no muerto (lo vivo): lo “no muerto” no está ni vivo ni muerto, son precisamente los monstruosos “muertos vivientes”. Lo mismo ocurre con lo “inhumano”: “él no es humano” no es lo mismo que “él es inhumano”. “Él no es humano” significa que es animal o divino, exterior a la humanidad, mientras que “él es inhumano” significa algo completamente diferente, a saber, el hecho de que no es ni humano ni inhumano, sino que está marcado por un exceso horroroso que, aunque niega lo que entendemos por humanidad, es inherente a todo ser humano. Tal vez haya que arriesgar la hipótesis de que lo que cambió con la revolución filosófica kantiana es precisamente esto: en el universo prekantiano, los humanos eran simplemente humanos, seres racionales que combatían los excesos de la lujuria animal y la locura divina, mientras que con Kant, el exceso que hay que combatir es inmanente y concierne al núcleo de la propia subjetividad. (Por eso en el idealismo alemán la metáfora para el núcleo de la subjetividad es la noche, la “Noche del Mundo”, en contraste con la noción iluminista de la Luz de la Razón que lucha contra las tinieblas que la rodean.) En el universo prekantiano, cuando un héroe enloquece queda privado de su humanidad, y las pasiones animales o la locura divina se apoderan de él. A partir de Kant, la locura señala la explosión incontenible del núcleo mismo del ser humano.

Cómo no, Žižek en Cómo leer a Lacan (Paidós).


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