miércoles, 4 de noviembre de 2009

LA CATÁSTROFE (y II)


Terry Eagleton llamó recientemente la atención sobre dos modos opuestos de tragedia: el gran acontecimiento catastrófico y espectacular, la abrupta interrupción procedente de algún otro mundo, y la monótona persistencia de una condición desesperante, la desierta existencia que se prolonga indefinidamente, la vida como una larga emergencia. Ésa es la diferencia entre las catástrofes del gran Primer Mundo, como la del 11 de septiembre, y la catástrofe monótona permanente de, digamos, los palestinos en la Franja Occidental. El primer modo de la tragedia, la la figura que se recorta contra el telón “normal”, es característica del Primer Mundo mientras que en la mayor parte del Tercer Mundo, la catástrofe designa el telón de fondo omnipresente mismo.

Y así es como funcionó efectivamente la catástrofe del 11 de septiembre: como una figura catastrófica que nos hizo conscientes en Occidente, del fondo bienaventurado de nuestra felicidad y de la necesidad de defenderlo contra la embestida de los extranjeros. En suma, funcionó exactamente en concordancia con el principio del goce condicional de Chesterton: a las preguntas “¿Por qué esta catástrofe? ¿Por qué no podemos ser felices todo el tiempo?”, la respuesta es “¿Y por qué DEBERÍAMOS SER felices en épocas sin catástrofes?”. El 11 de septiembre sirvió como prueba de que SOMOS felices y que otros ENVIDIAN esa felicidad. Siguiendo esta línea de pensamiento, podríamos arriesgar la tesis de que lejos de sacudir a los Estados Unidos de su sueño ideológico, el 11 de septiembre fue utilizado como un sedante que le permitió a la ideología hegemónica “normalizarse”: el periodo posterior a la guerra de Vietnam fue un trauma largamente soportado por la ideología hegemónica que tuvo que defenderse de las dudas críticas; los gusanos corrosivos, continuamente activos, no podían sencillamente suprimirse, todo intento de retornar a la inocencia se interpretaba inmediatamente como un fraude... hasta el 11 de septiembre, cuando los Estados Unidos se convirtieron a su vez en víctima y eso les permitió reafirmar la inocencia de su misión. En resumen, lejos de despertarnos, el 11 de septiembre sirvió para sumergirnos nuevamente en el sueño, para continuar soñando después de la pesadilla de las últimas décadas.

La ironía extrema es que, para restaurar la inocencia del patriotismo norteamericano, el establishment de los Estados Unidos conservador movilizó el ingrediente clave de la ideología políticamente correcta que oficialmente desprecia: la lógica de la victimización. Basándose en la idea de que (sólo) se les confiere autoridad a aquellos que hablan desde la posición de VÍCTIMA, encuentra fundamento en el siguiente razonamiento implícito: “Ahora somos nosotros las víctimas y éste es el hecho que nos da legitimidad para hablar (y actuar) desde una posición de autoridad”. Así, cuando hoy oímos el eslogan de que el sueño liberal de la década de 1990 terminó, que con los ataques al World Trade Center se nos arrojó de nuevo al mundo real, deberíamos recordar que ese llamamiento a afrontar la dura realidad es ideología en su estado más puro. El “Estadounidenses, ¡despertad!” de hoy es un eco distante del “Deutschland, erwache!” de Hitler que, como escribió Adorno hace mucho tiempo, quiere decir exactamente lo contrario.


Slavoj Žižek, en El títere y el enano. El núcleo perverso del cristianismo (Paidós).

Más:

La catástrofe (I)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

SOBERBIO, como siempre.

Anónimo dijo...

Muy buenas las dos partes. Y todo lo que posteas en general.