lunes, 22 de febrero de 2010

TITANIC


No cabe duda de que es un lugar común leer Titanic como un síntoma en el sentido de “nudo de significados”: el hundimiento del Titanic tuvo un efecto traumático, fue una convulsión, “lo imposible sucedió”, el barco inhundible se había hundido; pero la cuestión es que precisamente como una convulsión, este hundimiento llegó en su momento adecuado –“el tiempo lo esperaba”-: aun antes de que en realidad sucediera, había ya un lugar abierto, reservado para ello en el espacio-fantasía. Tuvo un impacto tan aterrador en el “imaginario social” en virtud del hecho que se esperaba. Se había predicho con sorprendente detalle:

En 1898, un esforzado escritor llamado Morgan Robertson fraguó una novela acerca de un fabuloso vapor trasatlántico, mucho más grande que cualquiera de los que se había construido. Robertson cargó su barco con gente rica y complaciente y después lo hizo naufragar una fría noche de abril contra un témpano de hielo. Esto ponía de manifiesto en cierta manera la total futilidad de todo y, de hecho, el libro se llamó Futility cuando lo publicó aquel año la compañía de M.F. Mansfield.
Catorce años después una compañía naviera británica llamada White Star Line construyó un navío extraordinariamente parecido al de la novela de Robertson. El nuevo barco tenía 66000 toneladas de desplazamiento, el de Robertson 70000. El barco real tenía 882,5 pies de largo; el de ficción tenía 800 pies. Ambos navíos tenían triple hélice y podían alcanzar los 24-25 nudos. Ambos podían transportar a 3000 gentes y ambos tenían únicamente salvavidas suficientes para una fracción de ese número. Pero esto no parecía importar porque ambos estaban calificados de “inhundibles”.
El 10 de abril de 1912, el barco real partió de Southhampton en su primer viaje a Nueva York. Su carga incluía una inapreciable copia del Rubaiyat de Omar Jayyam y una lista de pasajeros que valían colectivamente doscientos cincuenta millones de dólares. En si travesía de ida, el navío chocó también con un iceberg y se hundió una fría noche de abril.
Robertson llamó a su barco Titan; la White Star Line llamó a su barco el Titanic (Lord, 1983, pp. XI-XII).


Las razones, los antecedentes de esta increíble coincidencia no son difíciles de adivinar: a finales del siglo pasado, ya era parte del Zeitgeist que una cierta época estaba llegando a su fin –la del progreso pacífico, la de las distinciones de clase bien delimitadas y estables, etcétera-: es decir, el largo periodo desde 1850 hasta la primera guerra mundial. Nuevos peligros pendían en el aire (movimientos obreros, erupciones de nacionalismo y antisemitismo, el peligro de la guerra) que pronto empañarían la imagen idílica de la civilización occidental, desencadenando su potencial “bárbaro”. Y si hubo un fenómeno que, al cambio del siglo, encarnó el fin de eta época, fue el de los grandes trasatlánticos: palacios flotantes, maravillas del progreso técnico; máquinas increíblemente complicadas y de buen funcionamiento y, a la vez, ligar de reunión de la crema de la sociedad; una especie de microcosmo de la estructura social, una imagen de la sociedad, no tal como era, sino vista como la sociedad quería ser vista a fin de parecer deseable, como una totalidad estable con distinciones de clase bien delimitadas, etcétera –en suma: el yo ideal de la sociedad.
En otras palabras, el naufragio del Titanic tuvo una repercusión tan tremenda, no por las inmediatas dimensiones materiales de la catástrofe, sino por su sobredeterminación simbólica, por el significado ideológico investido en él: se leyó como un “símbolo”, como una representación condensada y metafórica de la catástrofe que se avecinaba en la civilización europea. El naufragio del Titanic fue una forma en la que la sociedad vivió la experiencia de su propia muerte, y es interesante observar que tanto las lecturas tradicionales derechistas como las izquierdistas conservan esta misma perspectiva, con sólo cambios de énfasis. Desde la perspectiva tradicional, el Titanic es un monumento nostálgico de una época pasada de gallardía perdida en el mundo de la vulgaridad de entonces; desde el punto de vista izquierdista, es una historia sobre la impotencia de una osificada sociedad de clases.
Pero todo esto son lugares comunes que se pueden encontrar en cualquier crónica sobre el Titanic –es fácil explicar de este modo la sobredeterminación metafórica que confiere al Titanic su peso simbólico. El problema es que esto no es todo. Fácilmente podemos convencernos de ello viendo las fotos del naufragio del Titanic que hace poco se han tomado con cámaras submarinas -¿en qué reside el aterrador poder de fascinación que ejercen estas imágenes? Es, por así decirlo, intuitivamente claro que este poder de fascinación no se puede explicar por medio de la sobredeterminación simbólica, por medio del significado metafórico del Titanic: su último recurso no es el de la presentación, sino el de una presentación inerte, el Titanic es una Cosa en el sentido lacaniano: el resto material, la materialización de la aterradora e imposible jouissance. Cuandio miramos el naufragio, obtenemos una perspectiva del terreno prohibido, de un espacio que habría que dejar no visto: los fragmentos visibles son una especie de remanente coagulado del flujo líquido de la jouissance, una especie de selva petrificada del goce.
Este impacto aterrador no tiene nada que ver con el significado –o, más exactamente, es un significado penetrado de goce, un jouis-sense lacaniano. El hundimiento del Titanic funciona por lo tanto como un objeto sublime: un objeto material, positivo, elevado al estatus de la imposible Cosa. Y yal vez todo el esfuerzo por articular el significado metafórico del Titanic no sea más que un intento de evadir este impacto aterrador de la Cosa, un intento de domesticar la Cosa reduciéndola a un estatus simbólico, proporcionándole un significado. Generalmente decimos que la presencia fascinante de una Cosa enturbia su significado; aquí, lo contrario es cierto: el significado enturbia el impacto aterrador de su presencia.


Slavoj Žižek, en El sublime objeto de la ideología (Siglo XXI).

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