jueves, 4 de marzo de 2010

JUDÍOS


Para el fascismo, el “judío” es el medio de tener en cuenta, de representar su propia imposibilidad: en su presencia real, es únicamente la encarnación de la imposibilidad última del proyecto totalitario –de su límite inmanente. Por ello no basta con calificar el proyecto totalitario de imposible, utópico, deseoso de establecer una sociedad totalmente transparente y homogénea –el problema es que, en cierto modo, la ideología totalitaria lo sabe, lo reconoce de antemano: en la figura del “judío” incluye este saber en su edificio. Toda la ideología fascista está estructurada como una lucha contra el elemento que detenta el lugar de la imposibilidad inmanente del proyecto fascista: el “judío” no es más que una encarnación fetichista del bloqueo fundamental.
La “crítica a la ideología” ha de invertir por lo tanto el vínculo de causalidad como la percibe la mirada totalitaria: lejos de ser la causa real del antagonismo social, el “judío” es simplemente la encarnación de un bloqueo –de la imposibilidad que impide a la sociedad alcanzar su plena identidad como totalidad cerrada y homogénea. Lejos de ser la causa real de la negatividad social, el “judío” es un punto en el que la negatividad social adquiere existencia real. Así podemos articular otra fórmula del procedimiento básico de la “crítica a la ideología” que complementa la que hemos dado: detectar, en un edificio ideológico determinado, el elemento que representa dentro de él su propia imposibilidad. La sociedad no está incapacitada para alcanzar su plena identidad a causa de los judíos: lo que se lo impide es su propia naturaleza antagónica, su propio bloqueo inmanente, y “proyecta” esta negatividad interna en la figura del “judío”. En otras palabras, lo que está excluido de lo Simbólico (del marco del orden corporativo socio-simbólico) retorna en lo Real como la construcción paranoide de “judío”*.
Ahora también podemos darnos cuenta de que “atravesar” la fantasía social es asimismo correlativo a la identificación con el síntoma. Los judíos son claramente un síntoma social: el punto en el que el inmanente antagonismo social asume una forma manifiesta, irrumpe en la superficie social, el punto en el que llega a ser obvio que la sociedad “no funciona”, que el mecanismo social “rechina”. Si lo vemos a través del marco de la fantasía (corporativista), el “judío” es un intruso que introduce desde fuera el desorden, la descomposición y la corrupción al edificio social –como si fuera una causa real exterior cuya eliminación haría posible la restauración del orden, la estabilidad y la identidad. Pero al “atravesar la fantasía” nos hemos de identificar en el mismo movimiento con el síntoma: hemos de reconocer en las propiedades atribuidas al “judío” el producto necesario de nuestro sistema social; hemos de reconocer en los “excesos” que se atribuyen a los “judíos” la verdad sobre nosotros mismos.
Precisamente a causa de esta noción de “excesos” sociales, Lacan indicó que fue Marx quien inventó el síntoma: el gran logro de Marx fue demostrar que todos los fenómenos que a la conciencia burguesa cotidiana le parecen simples desviaciones, deformaciones contingentes y degeneraciones del funcionamiento “anormal” de la sociedad (crisis económica, guerras y demás), y como tales son abolibles mediante el mejoramiento del sistema, son productos necesarios del propio sistema –los puntos en los que la “verdad”, el carácter antagónico inmanente del sistema, irrumpe. “Identificarse con un síntoma” significa reconocer en los “excesos”, en las alteraciones del modo “normal” de las cosas, la clave que nos ofrece el acceso a su verdadero funcionamiento. Esto es similar al punto de vista de Freud de que la clave para el funcionamiento de la mente humana son los sueños, los lapsus y fenómenos “anormales” similares.

* Aquí se podría usar la distinción elaborada por Kovel (Kovel, 1988), entre racismo dominativo y aversivo. En la ideología nazi, todas las razas humanas forman un Todo armonioso y jerárquico (el “destino” de los arios, en lo más alto, es gobernar, en tanto que los negros, los chinos y otros han de servir) –todas las razas, excepto los judíos: ellos no tienen un lugar asignado; su “identidad” es un fraude, consiste en trasgredir las fronteras, en introducir la inquietud, el antagonismo, en desestabilizar el tejido social. Los judíos conspiran con otras razas y les impiden ponerse a la altura del lugar que les corresponde –los judíos funcionan como una especie de Amo oculto que aspira a la dominación del mundo: son la imagen contraria de los arios, una especie de doble negativo, perverso; por eso han de ser exterminados, en tanto que a otras razas únicamente se les ha de obligar a ocupar su propio lugar.


Žižek, en El Sublime objeto de la ideología (Siglo XXI).

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