martes, 27 de abril de 2010

FUNNY GAMES


Hoy he comido en casa de mis viejos y he aprovechado para revisar libros y revistas que tendré que terminar sacando de ahí tarde o temprano. Casualmente, he dado con una crítica a la peli en cuestión, publicada en el número 13 de la versión española de Cahiers du Cinema, que cuelgo aquí, para satisfacer la petición que un tal Winston Smith realizó en este post:


HANEKE VERSUS HANEKE

Esta película no existe. Funny games U.S. (Michael Haneke, 2007), como el austriaco ha renombrado el autoremake de su propia Funny games (1997), es una ficción, un espejismo. O más exactamente, un espejo corregido de la versión primera, en la que ni las dimensiones ni las referencias se alteran. La derecha es la derecha. La izquierda es la izquierda. En el reflejo todo es idéntico al original, como un espejo imposible. Una copia tan exacta que para un espectador que conozca la primera versión, la segunda podría desaparecer a la sombra de aquella, quedando reducida a un reflejo obsesivo, detallista y minucioso. La mirada primera de ese espectador con memoria podrá ser entonces la de un especialista en falsificaciones: examinará detalle a detalle la segunda versión en busca de la grieta, del desliz, del momento en que Haneke baja la guardia y se permite ese plano extra, esa entonación más alta, ese azar incontrolable que abre un abismo entre el original y su copia. Abismo que existe, sin embargo, y a todas luces de manera intencionada, en el propio cuerpo de los actores, distintos a los de la primera versión. La localización exacta, la puesta en escena idéntica, la decoración y el presupuesto miméticos. Pero no así los cuerpos de los actores, que obligados a representar un papel, nunca mejor dicho, revelan más que nunca su condición de fingidores, y acentúan lo que en la original pudo (difícilmente) pasar desapercibido: todo lo que se desarrolla en Funny games es un espectáculo al servicio del espectador. Una gran puesta en escena de la violencia para uso y disfrute del consumidor. El espectador como culpable y motivación última de un dolor sin más razón que el propio espectador. La doble representación de la película, el extraño ejercicio metalingüístico con el que Haneke se castiga a sí mismo, multiplica la denuncia de una película (o dos, en este caso) que es/son, ante todo, una crítica al consumo del dolor y al tráfico que la industria audiovisual hace de las imágenes de la violencia y de sus modos de representación.

Un acto político

Se pueden gastar esfuerzos en rastrear los motivos que han llevado a Haneke a asumir un remake de su obra menos conocida fuera de Europa, y asumirlo además en el seno de la industria de Hollywood. Muchos se han enunciado en otras páginas: dinero, fama, la puerta abierta a un mercado que hasta ahora le resulta inaccesible. Y sin embargo ninguno de ellos explica la apuesta radical de un autor que decide rodar, diez años más tarde, plano a plano, la misma película. No es Gus Van Sant releyendo Psicosis. Es un paso más, una voltereta mortal que podría contener un punto de arrogancia (asumir que nada de aquella película era mejorable), y que sin embargo es, o termina siendo, un acto puramente político. Una crítica doblemente armada a la industria que fomenta el consumo de violencia, y que simultáneamente le encarga ese remake, sin caer en la cuenta del verdadero contenido-bomba de la película. Sólo así se entiende la propuesta radical de Haneke: cualquier variación respecto a la original significaría la renuncia al contenido ideológico de las películas. El único camino es la re-representación.

Gonzalo de Pedro.

Yo sólo añadiré que Haneke deja muy clara su postura en la secuencia del mando a distancia; ahí se lo dice muy claro al espectador: has venido a ver este infierno, amigo. Y lo vas a ver.

Puedes descargar el vídeo aquí.


I M A G E U P D A T E

2 comentarios:

W. Smith dijo...

Gracias por el post...

Anónimo dijo...

muy bueno.