martes, 31 de agosto de 2010

OH, TIERRA


En junio de 2010, Žižek escibía lo siguiente:

¡OH, TIERRA, PÁLIDA MADRE!

Para muchos de nosotros, el miedo a volar es algo muy concreto: nos obsesiona pensar en cuántas partes de una máquina tan inmensamente complicada como un avión moderno deben funcionar perfectamente para que el avión permanezca en el aire --una pequeña palanca se rompe en alguna parte, y todos caemos en picado…

Cuando uno empieza a pensar cuántas cosas pueden ir mal, no puede dejar de experimentar un pánico absoluto y abrumador. ¿No es algo similar a lo que experimentamos en Europa cuando el Eyjafjallajökull entró en erupción? El hecho de que la nube provocada por una erupción volcánica menor en Islandia --una pequeña molestia en el complejo mecanismo de la Tierra-- pueda llegar a paralizar el tráfico aéreo sobre un continente entero es un recordatorio de que, con todo su poder para transformar la naturaleza, la especie humana sigue siendo una especie más del planeta Tierra.

El impacto socioeconómico de esta erupción menor se debe a nuestro desarrollo tecnológico (los viajes aéreos): hace un siglo, la erupción hubiera pasado desapercibida. El desarrollo tecnológico nos hace más independientes de la naturaleza; pero al mismo tiempo, a un nivel diferente, nos hace más dependientes de los caprichos de la naturaleza.

Hace décadas, cuando un hombre dio el primer paso sobre la superficie de la Luna, sus primeras palabras fueron: “Éste ha sido un pequeño paso para un hombre, pero un paso gigantesco para la humanidad”. Ahora, a propósito de la erupción volcánica en Islandia y de sus consecuencias, podemos decir: “Éste ha sido un pequeño paso atrás para la naturaleza, pero un paso atrás gigantesco para la humanidad”.

En esto reside la primera lección de la reciente erupción volcánica: nuestra creciente libertad y nuestro control sobre la naturaleza, nuestra supervivencia misma, depende de una serie de parámetros naturales estables que automáticamente damos por supuestos (la temperatura, la composición del aire, el agua y el suministro energético suficientes, etc.). Podemos “hacer lo que queramos” sólo en la medida en que sigamos siendo lo bastante marginales, de manera que no perturbemos gravemente los parámetros de la vida sobre la Tierra. La limitación palpable de nuestra libertad y de nuestro poder impuesta por los problemas ecológicos es el resultado paradójico del crecimiento exponencial de nuestra libertad y de nuestro poder. Ciertamente, nuestra creciente capacidad para transformar la naturaleza puede desestabilizar los mismos parámetros geológicos básicos de la vida en la Tierra.

El hecho de que la humanidad se esté convirtiendo en un agente geológico señala el comienzo de una nueva era geológica --bautizada por algunos científicos como “Antropoceno”. Con los recientes terremotos devastadores ocurridos en el interior de China, este concepto del Antropoceno ha adquirido una nueva actualidad. La construcción de la gigantesca Presa de las Tres Gargantas, que ha dado como resultado tres nuevos lagos artificiales, añade una presión adicional sobre la superficie, contribuyendo así a los terremotos.

Sin embargo, esta disposición a asumir la culpa por las amenazas a nuestro entorno es engañosamente tranquilizadora: nos gusta ser culpables ya que, si somos culpables, todo depende de nosotros. Somos nosotros quienes manejamos los hilos de la catástrofe, así que también podemos salvarnos simplemente cambiando nuestra forma de vida. Lo que nos resulta verdaderamente difícil de aceptar (al menos en Occidente) es vernos reducidos al papel de un observador pasivo que se sienta a esperar el destino. Para evitar esta impotencia, nos dedicamos a actividades obsesivas y frenéticas. Reciclamos papeles viejos, compramos comida orgánica, instalamos bombillas de bajo consumo --lo que sea, con tal de que podamos asegurarnos de que estamos haciendo algo. Hacemos nuestra contribución individual, igual que el aficionado al fútbol que apoya a su equipo delante de una pantalla de televisión en su casa, gritando y saltando en el sofá, cree que esto influirá de algún modo en el resultado del juego.

La típica forma de la negación fetichista a propósito de la ecología viene a decir: “Lo sé muy bien (que todos estamos amenazados), pero no me lo creo realmente (así que no estoy dispuesto a hacer nada realmente importante, como cambiar mi estilo de vida)”. Pero también está la forma opuesta de negación: “Sé muy bien que no puedo influir realmente en el proceso que puede conducir a mi ruina (como una erupción volcánica), pero no obstante me resulta demasiado traumático aceptar esto, así que no puedo resistir el impulso de hacer algo, aunque sé que en última instancia no servirá de nada”.

La actual erupción volcánica es, así, un recordatorio útil de que nuestros problemas ecológicos no pueden reducirse a nuestro orgullo desmesurado, al hecho de que perturbemos el orden armonioso de la Madre Naturaleza. La Naturaleza es caótica en sí misma, proclive a los peores desastres, a las catástrofes sin sentido e impredecibles. Estamos expuestos cruelmente a los caprichos despiadados de la naturaleza. No hay una Madre Naturaleza que vele por nosotros.


Publicado originalmente en In these times, bajo el título O Earth, Pale Mother!

Fuente y traducción: Slavoj Žižek en español.

Por otro lado, el Sr. Arrizabalaga me manda este interesante link. Ah, y mira qué regalito me trajo mi buena amiga Ester.

Más Žižek, aquí.

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