domingo, 5 de septiembre de 2010

DE JAMADA CON EL ESLOVENO


Entrevista a Žižek, por John Thornhil, editor de noticias del Financial Times:

COMIENDO CON ŽIŽEK

Mientras viajo a Ljubljana para encontrarme con Slavoj Žižek, leo dos interpretaciones diferentes del hombre y su obra. Una describe a este culto filósofo marxista esloveno (aprecio la improbabilidad de esta descripción mientras la escribo) como un valiente intelectual que ha revolucionado la forma en que entendemos el mundo. La otra sugiere que es un bufón fatal, cuyo humor ingenioso y “confusión desorientadora” esconden sus intentos de absolver al totalitarismo y de rehabilitar algunas de las ideas más perversas del siglo XX.

Sea cual sea la consideración que tengamos de él, ciertamente Žižek tiene talento para inspirar la polémica intelectual. Autor de una serie de libros provocativos sobre política, psicoanálisis, ideología y cine, pronuncia charlas apasionantes por todo el mundo, yuxtaponiendo teoría marxista, psicoanálisis freudiano y cultura pop. Es el héroe de una película, Žižek!, en la que grabó algunas de sus conferencias más divertidas, y el narrador de otra, The Pervert’s Guide to Cinema, una anárquica interpretación crítica de 43 películas populares.

Actualmente instalado como director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities de la Universidad de Londres, Žižek fue votado como uno de los 25 intelectuales más importantes del mundo por los lectores de la revista Foreign Policy. También es celebrado en el International Journal of Žižek Studies, una revista digital lanzada en 2007 por un grupo de admiradores con el fin de debatir sus ideas y de superar “el ruido intelectual de las frases insistentes”.

Žižek se presenta con un desaliño encantador en el restaurante Pri Vitezu, en el corazón de la pintoresca capital de Eslovenia, lugar donde nació. Vestido con unos vaqueros y una camisa azul a cuadros, despeinado y con la barba descuidada, el filósofo de 59 años es una maníaca y perpetua máquina de pensar. Con su acento eslavo, su lenguaje vulgar y su sintaxis ocasionalmente torturada, las palabras salen de su boca como un flujo torrencial de conciencia. Antes incluso de haber abierto el menú, ya ha hablado de su diabetes incipiente y sus pálpitos cardíacos, de las dificultades que conlleva criar a un hijo de nueve años, de la inaceptable falta de “buena diversión burguesa”, alimentos digeribles y juguetes atractivos en el Eurodisney de París, de sus días como estudiante en París y de sus problemas favoritos en Berlín. “Mi vida es totalmente confusa”, dice.

Intentamos simplificar nuestras vidas pidiendo algo de comida. Pero Žižek está sorprendido por la mezcla de cocina internacional estándar y de especialidades eslovenas locales en el menú de lo que una vez fue un punto de encuentro de los intelectuales comunistas de la antigua Yugoslavia, ahora transformado en una bodega burguesa con arcos en el techo y antiguos retratos de oficiales condecorados del ejército. “Para expresarlo en mis términos estalinistas, este restaurante no tiene un claro perfil ideológico”, bromea. Recomienda la sopa hecha de sabrosos hongos locales y elige los medallones de carne. Yo paso y elijo un cordero sazonado. Para beber, agua con gas.

Le pregunto sobre la crisis financiera, esperando algún comentario político incendiario sobre la agonía del capitalismo. ¿La crisis trae noticias de una revolución? “¡No, no, no! Soy un marxista extremadamente modesto”, responde, de manera decepcionante. “No soy una persona catastrófica. No digo que la revolución esté a la vuelta de la esquina. Soy perfectamente consciente de que no habrá ninguna solución comunista a la vieja usanza”.

De todas formas, insiste, la crisis financiera ha acabado por asesinar la utopía liberal que floreció después del colapso de la Unión Soviética en 1991 y toda esa gran cháchara sobre “el fin de la historia”. Los ataques terroristas de septiembre de 2001 y el bajón financiero acabaron con el mito de que la economía de mercado y la democracia liberal tienen todas las respuestas a todas las preguntas. A corto plazo, al menos, los gobiernos intervendrán más desde el Estado y coordinarán globalmente la intensificación del sistema capitalista. En este sentido, sugiere que el liberal Barack Obama quizás sea recordado algún día como uno de los mejores presidentes conservadores de la historia de los Estados Unidos.

Pero, aunque el capitalismo sea reparado de forma temporal, dice Žižek, esto no resolverá sus contradicciones inherentes. El colapso alarmante de la sociedad llevará a nuevas formas de apartheid y a estados de emergencia. Žižek subraya la creciente militarización de Italia, donde el gobierno envió a las fuerzas armadas a Nápoles para luchar contra la mafia. Sostiene que São Paulo se está transformando en una versión real de la película Blade Runner: la ciudad tiene ahora 70 helipuertos y en ella los ricos viajan, literalmente, a otro nivel distinto al de los pobres.

El capitalismo, afirma, es incapaz de resolver los grandes desafíos del momento: la catástrofe medioambiental y el abuso de la tecnología de la información, los derechos de propiedad intelectual y la biogenética. Las sociedades deberán inventar nuevas formas de propiedad y de bienes comunes, o perecerán. “Mi principal crítica al capitalismo liberal no es que sea malo, sino que no puede durar para siempre. El comunismo debe ser reinventado”, subraya.

Mientras deglutimos nuestras ensaladas verdes y damos buena cuenta de nuestros deliciosos platos principales, Žižek dice que lo que más le fascina en este momento es la batalla ideológica acerca de cómo interpretar la crisis financiera. La clase dominante está tratando de desplazar la culpa del propio sistema capitalista global hacia sus desviaciones accidentales -como la escasa regulación o la corrupción de las grandes instituciones financieras. En algunos aspectos, ello ha permitido a los capitalistas afirmar sus valores de manera más agresiva: al tiempo que salvaban Wall Street, han destruido los convenios colectivos en General Motors y han relegado los problemas del calentamiento global, el SIDA y el hambre.

“El problema actual es que, al tener caos y desorden, la gente pierde su mapa cognitivo. Entonces surge una lucha abierta por la interpretación que ha de imponerse”, afirma. “No hay que olvidar que así fue como ganó Hitler”. Según Žižek, la razón por la que Hitler llegó al poder en la década de 1930 fue que ofreció la interpretación más atractiva de unos acontecimientos desastrosos. Simplemente complació a los alemanes al asegurarles que su ejército había sido traicionado en la Primera Guerra Mundial, y al echarles toda la culpa a los judíos.

Pedimos ensalada de frutas.

Žižek está obsesionado con la manera en que las sociedades interpretan los acontecimientos, y con los sistemas de creencias que sostienen la política. Una de las “fábricas” ideológicas más poderosas -argumenta- es Hollywood, el cual ayuda a forjar nuestra comprensión del mundo. Žižek admite que disfruta con muchas películas de Hollywood y dice que las mejores, como Short Cuts de Robert Altman, merecen ser llamadas obras de arte y son superiores a muchas “falsas” películas europeas. Pero sugiere que Hollywood también cumple una función ideológica, moldeando la manera en que orientamos nuestras vidas. “No me refiero a grandes esquemas ideológicos. Todo eso está muerto, ya lo sé. Lo que me interesa es la ideología como parte de la vida cotidiana”, sostiene. “Lo que me interesa es: ¿cuál es el mensaje? Me gusta encontrar texturas diferentes que den como resultado una historia distinta”.

Por ejemplo, Titanic. La mayor parte de los espectadores la ven como una simple historia de amor. Žižek no. Muchos críticos han advertido el tono antisistema de la película: cómo los pasajeros ricos son crueles, mientras que los que viajan en los compartimentos inferiores son más considerados. Pero -afirma Žižek- la película, lejos de subvertir el orden social, lo refuerza. La verdadera narración trata de una chica rica y malcriada que ha perdido su identidad propia. Elige a un amante de clase baja para restaurar su vitalidad, para rearmar su ego. El amante le sirve literalmente para reconstruir su imagen. “Y luego, después de que su trabajo ha terminado, él puede irse a la mierda y desaparecer. El personaje de Di Caprio es lo que, en la teoría, llamamos un puro mediador que desaparece. No es una historia de amor: es una explotación vampírica, egoísta.”

Tras discutir los “mensajes” ideológicos de El Caballero Oscuro, Kung Fu Panda y La Vida de los Otros, todos los cuales --cada uno a su manera bien distinta-- exploran cómo podemos (con)vivir felizmente con la traición, llegamos a los parecidos entre la película de cine de catástrofes Armageddon y La Caída de Berlín, la gran película estalinista de 1949. Esto dispara el argumento de Žižek acerca de la fascinación mutua entre Hollywood y las altas esferas estalinistas: cómo los productores de King Kong les robaron la idea de un gorila gigante en la cima de un rascacielos a los arquitectos futuristas que querían instalar una estatua gigante de Lenin en la cima del Palacio de los Soviets; y cómo las estrellas de cine favoritas de Stalin eran Ginger Rogers y Fred Astaire.

Lo que intriga particularmente a Žižek es cómo las películas que aparentemente se resisten a la ideología hegemónica, por ejemplo Titanic, a menudo sirven para consolidarla. Algo parecido ocurría -sugiere- en los tiempos comunistas, cuando quienes contaban chistes aparentemente subversivos sólo conseguían extender el cinismo y la indiferencia -exactamente lo que la nomenclatura del partido necesitaba para sostener su mandato. Como miembro del Partido Comunista en los últimos años de Yugoslavia, Žižek recuerda muy bien cómo los líderes del país mantenían el régimen explotando la pasividad de la población.

“Si me preguntaras a punta de pistola qué es lo que amo realmente, diría que leer idealismo alemán, Hegel. Lo que más me gusta, lo que más amo, es la objetividad de la creencia”, dice. Pese a que la gente puede asegurar que no cree en el sistema político, su propio cinismo pasivo lo valida. Esto puede explicarse, según Žižek, por medio de la teoría marxista del fetichismo de las mercancías, esa idea según la cual la manera en que nos comportamos en sociedad está determinada por fuerzas objetivas de mercado más que por creencias subjetivas. “La importancia está en lo que haces, no en lo que piensas. Me encanta esta transposición dialéctica”.

Žižek continúa hablando sobre marchas militares, que comenzó a apreciar durante su estancia en el ejército yugoslavo. Canta una de las que salen en la película La Chaqueta Metálica, silenciando por un momento todas las demás conversaciones del restaurante: “I don’t know but I’ve been told / Eskimo pussy is mighty cold” (“No lo sé pero me lo han contado / El coño de las esquimales está helado”). Continúa como si tal cosa: “Lo que aprendí de mi propio servicio militar es que todos los chistes obscenos, esas aparentes formas de rebelión, son exactamente lo que el poder necesita para reproducirse a sí mismo. No hay nada subversivo en ello.”

Pero ¿qué hay de la propia utilización del humor por parte de Žižek? En un artículo condenatorio aparecido el año pasado en The New Republic, Adam Kirsch, uno de sus principales editores, acusó a Žižek de corrupción moral, preguntándose si su público no estaba demasiado ocupado riéndose de sus chistes como para poder escuchar lo que realmente decía. Debajo de la superficie cómica, sostenía Kirsch, Žižek intentaba “deshacer todos los logros de los pensadores de postguerra, que nos enseñaron a considerar el totalitarismo, el terror revolucionario, la violencia utópica y el antisemitismo como inadmisibles en el discurso político serio”. ¿Qué podemos hacer, después de todo, con el argumento aparentemente absurdo del último libro de Žižek, En defensa de las causas perdidas, según el cual Stalin, autor de algunos de los crímenes más monstruosos del siglo XX, “salvó a la humanidad del hombre”?

Claramente dolido por el ataque de Kirsch, Žižek denuncia a su crítico norteamericano por ser un estúpido. Luego clarifica su actitud aparentemente ambigua hacia el estalinismo. En primer lugar, reconoce sin matices todos los sufrimientos humanos que ocurrieron durante los tiempos de Stalin, y enumera una serie de “bonitas y horribles” historias que ilustran la crueldad excepcional de aquellos años. Pero, insiste, tendríamos que hacer un esfuerzo para entender el estalinismo como fenómeno. “Se puede argumentar que hubo más violencia, incluso, que bajo el régimen de Hitler”, dice. “Pero Hitler era un tipo malvado que anunció que haría cosas malvadas y las hizo. La verdadera tragedia del estalinismo es que comenzó como una explosión popular de igualdad emancipadora. No tenemos una buena teoría de por qué esto se transformó en una pesadilla aún peor.”

Lo que a menudo no comprendemos, sostiene, es que el estalinismo fue una contrarrevolución que reaccionó contra las ambiciones utópicas “post-humanas” de los líderes bolcheviques de la década de 1920. Los comunistas extremistas predijeron el día en que los trabajadores vivirían en una sociedad perfecta, sin necesidad de emociones, ni siquiera de nombres propios, y en la que la sexualidad y la vida familiar quedarían completamente suprimidas. Pero Stalin fue mucho más conservador, reaccionando contra el arte de vanguardia e insistiendo en el carácter sagrado de la vida familiar. “El estalinismo reaccionó contra aquellas distopías negativas que eran aún más temibles. El estalinismo fue, en ese sentido, un regreso a la vida normal. Muchos olvidan esto.”

¿Deberían los tipos como Žižek dedicarse tanto tiempo a tratar de entender el mundo cuando, como Marx insistía, la idea es cambiarlo? Žižek, el marxista modesto, cree que nuestros tiempos son tan extraordinarios que necesitamos entender completamente lo que está sucediendo antes de poder actuar de forma inteligente. “Necesitamos retraernos, reflexionar y pensar”, dice.

Tal como él lo ve, el papel de los filósofos es ayudar a mejorar las preguntas que las sociedades deberían hacerse y obligarnos a pensar, antes que inventar soluciones listas para ser utilizadas en todos nuestros problemas. “Me siento como un mago que sólo hace aparecer sombreros de copa y ni un solo conejo”, afirma.

6 de Marzo de 2009

Título orignal: Lunch with the Financial Times: Slavoj Žižek.

Más Žižek aquí.

2 comentarios:

Anti-pensador dijo...

Me gusta el título.

Saludos cordiales.

egoitzmoreno.com dijo...

se me pasó comentarlo pero, como podrás supoer, el texto salió, parcialmente, de tu blog:

http://textosdezizek.blogspot.com/2010/08/soy-un-marxista-extremadamente-moderado.html