lunes, 27 de septiembre de 2010

EL ARTE DE VOLAR


"Sí, ya sé, es del que hace Martinez el facha, pero hazme caso, que está muy bien".

Así me lo vendieron. Y, la verdad, es que será una de las obras más interesantes del cómic español.

Tras cerrar la última página, uno es consciente de que ha leído una obra impresionante, pero quizás sólo el poso de la reflexión posterior es capaz de poner en su justa medida qué significa El arte de volar. Como introspección personal, es una obra que se codea de igual a igual con otras que trataban el mismo tema, con los Spiegelman, Taniguchi o Ware. Quizás sin sus filigranas y exquisiteces formales (acercándose más, posiblemente, a la obra del japonés), pero con una profundidad en la reflexión tan aplastante y categórica como las que se desprendían de aquéllas. Solo por eso, la obra de Kim y Altarriba merece estar en los altares del noveno arte. Pero es que, además, se permite el lujo de proporcionar, a mi entender, uno de los relatos históricos más lúcidos y enriquecedores que se ha visto en historieta. En su largo periplo por la vida de su padre, Altarriba nos presenta un fresco de la historia de este país inédito, que habla del exilio y del retorno, de la vida de los perdedores desde una visión pragmática, que habla de la pérdida de las ideologías, de credos que cambian y se olvidan. De las ilusiones de los ciudadanos de a pie, de los españoles que sólo querían vivir tranquilamente el día siguiente. Un documento inestimable y que, sin duda, se convierte testimonio fundamental de nuestra historia. Y, por si fuera poco, se cierra en álbum con un capítulo descorazonador, aterrador si se quiere, que da una réplica lúgubre al discurso de esperanza sobre la vejez que hasta hace poco recibíamos. Ingenuamente pensábamos que saber desde el principio del triste final amortiguaría los sentimientos, pero Altarriba, hijo, quita en el último momento esa red para que sintamos el mismo golpe que su padre, esa realidad transformada en cemento que le quitó la vida y contra la que el lector al final, tendrá que desplomarse igualmente.

La Cárcel de Papel

Se la había dejado a Olguita, y ayer me la devolvió, firmada:


I M A G E U P D A T E