martes, 14 de septiembre de 2010

EL DÍA DE LOS TRÍFIDOS


__Comenzó a parecerme que los beneficios que yo estaba rindiendo a mi grupo eran bastante discutibles. Había logrado mantenerlos con vida, alejarlos de una banda rival por una parte, y de los trífidos por otra. Ahora se presentaba esta enfermedad. Y, olvidándose de esto, sólo había impedido que se murieran de hambre un poco antes.
__Tal como marchaban ahora las cosas, yo no veía qué camino podía tomar.
__Y luego me acordé de Josella. Las mismas cosas, quizá peores, podían estar ocurriendo en su distrito.
__Me encontré pensando otra vez en Michael Beadley y su grupo. Yo ya había comprendido antes que eran lógicos, ahora comenzaba a ocurrírseme que era también más compasivos. Habían visto que sólo era posible salvar a algunos. Dar al resto una inútil esperanza era poco menos que crueldad.
__Además, estábamos nosotros. Si había algún propósito en todo esto ¿para qué habíamos sido salvados? No para consumirnos en una tarea inútil, seguramente.
__Decidí que al día siguiente saldría en busca de Josella. Juntos resolveríamos la cuestión.
__El pestillo de la puerta se movió con un ruido seco. La puerta se abrió lentamente.
__—¿Quién es? —pregunté.
__—Oh, es usted —dijo una voz de mujer. Una muchacha entró y cerró la puerta.
__—¿Qué quiere? —le pregunté.
__Era alta y delgada. Menos de veinte años, me pareció. Tenía el cabello ligeramente ondulado. Castaño. Era sencilla, pero el color de su piel y su figura llamaban la atención. Mi voz y mis movimientos le habían indicado donde estaba yo. Sus ojos, de un castaño dorado, miraban por encima de mi hombro izquierdo. Si no, hubiese jurado que me estaba estudiando.
__No me contestó en seguida. Era una falta de seguridad que no concordaba con el resto. Esperé a que comenzara a hablar. Sentí que algo me apretaba la garganta. Era joven y hermosa. Hubiera podido tener toda una vida, quizá una vida maravillosa, ante ella. Y siempre hay, en cualquier circunstancia, algo triste en la belleza y la juventud.
__—¿Va usted a irse? —me preguntó con una voz baja y temblorosa. Era en parte una pregunta, y en parte una afirmación.
__—Nunca dije eso —repliqué.
__—No —admitió la muchacha—, pero es lo que dicen los otros. Y tienen razón, ¿no es cierto?
__No dije nada. La muchacha continuó:
__—No puede irse. No puede abandonarlos de ese modo. Lo necesitan.
__—No hago nada bueno aquí —le dije—. Todas las esperanzas son falsas.
__—¿Pero y si resulta que no son falsas?
__—Tienen que serlo... Si no ya lo sabríamos.
__—Pero, ¿y si no lo son... y usted se ha ido?
__—¿Cree que no lo he pensado? No hago nada bueno aquí, ya se lo he dicho. He sido como esas drogas que sólo sirven para que el paciente dure un poco más, que no tienen ningún valor curativo, que sólo aplazan las cosas.
__La muchacha no replicó durante unos instantes. Luego dijo con una voz poco firme:
__—La vida siempre vale algo... aun una vida como ésta.
__Parecía como si casi hubiese perdido el dominio de sí misma. No pude decir nada. La muchacha se recobró.
__—Puede seguir cuidándonos un tiempo. Siempre hay una posibilidad... una posibilidad de que algo pueda ocurrir, aun ahora.
__Yo ya le había dicho qué pensaba acerca de eso. No lo repetí.
__—Es tan difícil —dijo la muchacha, como para si misma—. Si por lo menos pudiese verlo... Pero claro que entonces, si yo pudiera... ¿Es usted joven? Parece joven.
__—Tengo menos de treinta años —le dije—. Y una cara muy común.
__—Yo tengo dieciocho. Era mi cumpleaños... el día que pasó el cometa.
__No supe qué decirle que no pareciese cruel. La pausa se hizo esta vez más larga. Vi que la muchacha se apretaba las manos. Luego las dejó caer. Los nudillos habían perdido su color. Pareció que iba. a hablar, pero no lo hizo.
__—¿Qué pasa? —pregunté— ¿Qué puedo hacer salvo prolongar un poco más todo esto?
__La muchacha se mordió el labio inferior.
__—Ellos... ellos dicen que quizá usted se encuentra solo —dijo luego—. Pensé que quizá... —le falló la voz, y los nudillos se hicieron todavía más blancos. Quizá si usted tiene a alguien... Quiero decir, alguien aquí... usted... usted quizá se quedaría.
__—Oh, Dios —dije suavemente.
__La miré. Estaba muy derecha, con los labios temblorosos. Podía haber tenido varios pretendientes que hubiesen clamado por la más leve de sus sonrisas. Podía haber sido feliz y despreocupada por un tiempo, y luego preocupada y feliz. La vida podía haber sido encantadora para ella, y el amor algo muy hermoso.
__—¿Será usted bueno conmigo, no es cierto? —me dijo—. Pues yo nunca...
__—¡Cállese! ¡Cállese! —le grité—. No debe decirme esas cosas. Por favor, váyase ahora. Pero la muchacha no se fue. Se quedó allí clavando en mí unos ojos que no podían verme.
__—¡Váyase! —repetí.
__Yo no hubiera podido soportar sus reproches. No era solo ella; eran miles y miles de jóvenes vidas destruidas para siempre.
__La muchacha se acercó.
__—Pero cómo, ¡está usted llorando! —me dijo.
__—Váyase, por favor. Váyase.
__La muchacha titubeo. Al fin se volvió y tanteó el camino hacia la puerta.
__—Puede decirles que me quedaré —le dije mientras se iba.



Esto lo he sacado del capítulo octavo de la novela de John Wyndham (Minotauro). Se hizo una serie. Y se hizo otra serie... pero la cosa no pinta bien. Qué cosas, no tenía ni idea de esta última.



I M A G E U P D A T E

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