martes, 21 de septiembre de 2010

WALL STREET


En octubre de 2008, Žižek escribió:

LA LUCHA DE CLASES EN WALL STREET

Lo primero que salta a la vista cuando se observan las actuales reacciones ante el colapso económico es que nadie sabe lo que hay que hacer. Ello se debe al hecho de que la incertidumbre forma parte del juego de la economía: la manera en que reaccionará el mercado depende no sólo de la confianza que los principales actores depositen en las intervenciones gubernamentales, sino también, y esto es aún más importante, del grado de confianza que estén dispuestos a otorgar a los otros actores implicados; es decir, nunca pueden saber con certeza los efectos de sus propias intervenciones. Estamos obligados así a hacer elecciones sin disponer del conocimiento necesario que nos permita elegir con claridad, o, como dice John Gray: “Estamos obligados a vivir como si fuésemos libres”.
Ahora bien, puesto que no dejamos de repetir que la confianza y la credibilidad son determinantes, deberíamos preguntarnos en qué medida el hecho de que la administración americana esté aumentando el riesgo de sus apuestas, justo en medio del pánico, no ha agravado el peligro que ella misma intenta conjurar. Es fácil señalar la similitud entre el lenguaje utilizado por el presidente Bush en sus discursos tras los ataques del 11-S y el utilizado ante el colapso financiero: se podría decir que son dos versiones de un mismo discurso.
En ambas ocasiones, Bush alude a una amenaza que se cierne sobre el propio “estilo de vida americano” y, por ende, a la necesidad de reaccionar de manera rápida y decisiva con el fin de hacerle frente. De manera reiterada, Bush llama a abandonar provisionalmente los valores americanos típicos (las garantías referentes a las libertades individuales, el capitalismo del mercado, etc.) para poder salvar precisamente esos mismo valores. ¿Acaso la paradoja es inevitable?
La presión para “hacer cualquier cosa” ante un problema aparece aquí como una compulsión supersticiosa a hacer algo, lo que sea, cuando observamos un proceso sobre el que no tenemos ninguna influencia real. También se produce en esas ocasiones en las que actuamos para evitar tener que hablar o pensar sobre lo que hacemos: por ejemplo, para responder rápidamente a un problema, gastamos 700 millones de dólares en lugar de preguntarnos cómo hemos llegado a esta situación.
Recordemos que, el pasado 15 de julio, el senador republicano Jim Bunning atacó al presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (FED), Ben Bernanke, afirmando que su propuesta confirmaba que “el socialismo está fuerte y saludable en América: la FED quiere ser, de ahora en adelante, el regulador del riesgo en el sistema. Pero la FED es el riesgo del sistema. Incrementar el poder de la FED vendría a ser como darle a un niño que ha roto nuestra ventana, mientras jugaba al béisbol, un bate más grande, pensando que eso resolverá el problema”.
Bunning fue el primero en exponer públicamente las grandes líneas del razonamiento que justifica la oposición del Partido Republicano a la operación de rescate federal. Dicho argumento merece un estudio atento. Así pues, podemos afirmar que la resistencia al plan de salvamento fue formulada en términos de “lucha de clases”: la Bolsa, Wall Street, contra la calle, Main Street. ¿Por qué deberíamos ayudar a los responsables de la crisis (Wall Street), y dejar que sean los simples prestatarios (en Main Street) los que paguen la mayor parte? Esto último se define como “el riesgo que alguien asume de manera inmoral, debido a que se sabe protegido por medidas de seguridad, leyes u otras instituciones, contras los perjuicios que su comportamiento podría ocasionar”. Dicho de otra manera, si yo estoy asegurado contra incendios, entonces tomaría menos precauciones contra ellos (o, llevando esta lógica al extremo, yo mismo incendiaría el edificio asegurado que me está generando pérdidas). Lo mismo ocurre con los grandes bancos: ¿no están protegidos contra las grandes pérdidas, con el fin de que puedan conservar sus ganancias? No nos sorprenderá saber que Michael Moore ya ha escrito una carta pública en la que califica el plan de rescate como el robo del siglo. Estas inesperadas coincidencias entre la izquierda y los republicanos conservadores deberían darnos que pensar.
Ambos comparten el desprecio por los grandes especuladores y los directores ejecutivos que obtienen grandes beneficios a costa de decisiones azarosas que, sin embargo, están protegidas del fracaso por “paracaídas dorados”. ¿No guarda esto relación con el escándalo de Enron en el año 2002, que se ha interpretado como una suerte de comentario irónico sobre la idea de la “sociedad del riesgo”? Los miles de trabajadores que perdieron su empleo y sus ahorros fueron expuestos a un riesgo, pero sin tener realmente ninguna otra opción. Aquéllos que, por el contrario, tenían un conocimiento real de los peligros, así como la posibilidad de intervenir en la situación (los directores ejecutivos), minimizaron los riesgos e hicieron efectivas sus acciones y sus opciones antes del derrumbe. Si es verdad que vivimos en una sociedad de elecciones arriesgadas, entonces algunos (los patrones de Wall Street) hacen las elecciones, mientras que otros (las personas corrientes que pagan hipotecas) son los que asumen los riesgos…
Entonces, ¿es realmente el plan de rescate una medida “socialista”, el alba del socialismo de estado en los Estados Unidos? Si ése fuera el caso, está claro que lo es en un sentido muy singular: una medida “socialista” en la que el primer objetivo no es ayudar a los pobres sino a los ricos, no a aquéllos que piden prestado, sino a aquéllos que prestan. Así pues, la ironía suprema reside en el hecho de que la “socialización” del sistema bancario es aceptable cuando sirve para salvar al capitalismo: el socialismo es nefasto, excepto, claro está, cuando permite estabilizar el capitalismo.
¿Y si, al mismo tiempo, un “riesgo moral” estuviera inscrito en la propia estructura fundamental del capitalismo? En otras palabras, el problema es el resultado del hecho de que es imposible separar ambos aspectos en el sistema capitalista: el bienestar en Main Street está subordinado a la prosperidad de Wall Street. Por lo tanto, los populistas republicanos que se oponen al plan de rescate financiero actúan incorrectamente motivados por buenas razones, mientras que los partidarios del rescate actúan correctamente movidos por malas razones. Para expresarlo en los términos más refinados de la lógica proposicional, su relación no es transitiva, pues lo que es bueno para Wall Street no lo es necesariamente para Main Street, y Main Street no puede prosperar si le va mal a Wall Street. Y dicha asimetría otorga una ventaja a priori a Wall Street.
Todo ello muestra claramente que no existe algo así como un mercado neutro; en cada situación particular, las coordenadas de la interacción mercantil están siempre reguladas por decisiones políticas. El verdadero dilema no es el de saber si el Estado debe o no intervenir, sino cómo ha de hacerlo. Y en este punto nos enfrentamos a la verdadera política: la lucha por definir las coordenadas “apolíticas” de nuestras vidas. Todos los problemas políticos son en cierto sentido no partidistas, tienen que ver más con la pregunta: ¿cuál es la naturaleza de nuestro país?
Así pues, precisamente el debate sobre el plan de rescate es lo que constituye un verdadero problema político, referente a las decisiones a emprender sobre los elementos fundamentales de nuestra vida social y económica, hasta llegar a la movilización del fantasma de la lucha de clases (¿Wall Street o los acreedores hipotecarios? ¿Intervención del Estado o no?). No encontraremos ninguna posición claramente “objetiva” que nos baste aplicar aquí: debemos tomar partido políticamente.
¿Cuál es la solución? El gran filósofo idealista de origen alemán Emmanuel Kant respondió a la divisa conservadora “¡No pienses, obedece!”, no con otra como “¡No obedezcas, piensa!”, sino con “¡Obedece, pero piensa!” Cuando somos sometidos a un chantaje como el del plan de rescate financiero, debemos vigilar la intención de dicho chantaje, y esforzarnos en resistir a la tentación populista de expresar a nuestra cólera y darnos de cabezazos. En lugar de ceder a una expresión impotente como ésta, debemos dominar nuestro malestar para transformarlo en la firme resolución de pensar, de reflexionar de manera realmente radical, de preguntarnos sobre el tipo de sociedad que hace posible chantajes de este tipo (una sociedad que, por otra parte, estamos en vías de dejar atrás).


Fuente: Le Monde.

Más Žižek aquí.

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