jueves, 14 de octubre de 2010

BURKA


En septiembre de 2010, nuestro esloveno favorito escribió:

THE NEIGHBOR IN BURKA

En enero de 2010, Jean-François Copé, líder parlamentario de la Union pour un Mouvement Populaire [Unión para un Movimiento Popular], el partido francés gobernante, propuso un proyecto de ley que prohíbe el velo de cuerpo entero en las calles francesas y en todos los demás lugares públicos. Este anuncio llegó después del angustioso debate de seis meses sobre el burka y su equivalente árabe, el niqab, que cubre el rostro de la mujer excepto una pequeña rendija para los ojos. Todos los principales partidos políticos expresaron su rechazo del burka: el principal partido de la oposición, el Partido Socialista, dijo estar “totalmente en contra del burka”, al que definió como “una cárcel para mujeres”. Los desacuerdos son de naturaleza puramente táctica: aunque el presidente Nicolás Sarkozy se oponga a la total prohibición del burka por considerarla contraproducente, reclamó “un debate sobre la identidad nacional” en octubre de 2009, declarando que el burka es “contrario a la cultura francesa”. La ley castiga con una multa de hasta 750 euros a quien aparezca en público “con el rostro completamente cubierto”; las exenciones permitirían llevar máscaras en “ocasiones tradicionales y festivas”, como los carnavales. Los castigos más duros se impondrían a los hombres que “obliguen” a sus mujeres o hijas a llevar velos de cuerpo entero.

La idea subyacente es que el burka o niqab es contrario a las tradiciones francesas de libertad y a las leyes sobre los derechos de las mujeres, o, citando a Copé: “Podemos medir la modernidad de una sociedad por la forma en que trata y respeta a las mujeres”. La nueva legislación pretende proteger así la dignidad y la seguridad de las mujeres. Además, como dijo Sarkozy, los velos no son “bienvenidos” porque, “en un país secular como Francia, intimidan y ofenden a los no musulmanes”… No podemos dejar de advertir que el ataque supuestamente universalista contra el burka, en nombre de los derechos humanos y de la dignidad, termina convirtiéndose en una defensa del particular estilo de vida francés.

Esta ley, desde luego, ha dado lugar a numerosas críticas de carácter pragmático -el temor principal es que, si se pone en práctica, aumentará la opresión de las mujeres musulmanas: éstas no serán autorizadas a salir de sus casas y quedarán aún más excluidas de la sociedad, expuestas al maltrato dentro de sus matrimonios forzosos, etc. Además, la multa exacerbará el problema de la pobreza y el desempleo: castigará a las mujeres con menos probabilidades de tener control sobre su propio dinero. Sin embargo, hay un problema incluso más fundamental -lo que hace que todo este debate sea sintomático es, en primer lugar, el estatus marginal del problema: la nación entera habla de ello, pero el número total de mujeres que llevan ambos tipos de velo de cuerpo entero en Francia es de unas 2.000, de una población total de mujeres adultas musulmanas en Francia de aproximadamente 1.500.000. (Y, a propósito, la mayoría de las mujeres que llevan velos de cuerpo entero tienen menos de 30 años, y una proporción sustancial de las mismas son mujeres francesas que se han convertido al Islam.)

El siguiente aspecto curioso es la ambigüedad de la crítica del burka: esta crítica se mueve en dos niveles. En primer lugar, se presenta como la defensa de la dignidad y la libertad de las mujeres musulmanas oprimidas -no se puede aceptar que, en la Francia secular, un grupo de mujeres tengan que vivir una vida oculta y aislada del espacio público, que estén subordinadas a la autoridad patriarcal brutal, etc. Sin embargo, a continuación el argumento se desplaza generalmente hacia la preocupación de los propios franceses no musulmanes: los rostros cubiertos por el burka no encajan en las coordenadas de la cultura y la identidad francesa e “intimidan y ofenden a los no musulmanes”… Incluso, algunas mujeres francesas han utilizado el argumento de que, cuando ven a una mujer con un burka, ellas mismas experimentan este hecho como una humillación propia, como si ellas mismas fueran brutalmente excluidas y marginadas de las relaciones sociales.

Lo anterior nos lleva al verdadero enigma: ¿por qué el encuentro con un rostro cubierto por el burka provoca tanta ansiedad? ¿Será que un rostro cubierto por el burka ya no es el rostro levinasiano, la Alteridad de la que emana el llamamiento ético incondicional, sino todo lo contrario? Desde una perspectiva freudiana, el rostro es la máscara última que oculta el horror de la Cosa-Prójimo: el rostro es lo que convierte al Prójimo en una apariencia o semblante, en un vecino con quien podemos identificarnos y sentir empatía. (Por no mencionar el hecho de que, hoy en día, muchos rostros son modificados quirúrgicamente, y privados así de los últimos vestigios de autenticidad natural.) Ésta es, pues, la razón de que un rostro cubierto cause tanta ansiedad: porque nos enfrenta directamente con el abismo de la Cosa-Otro, con el Prójimo en su dimensión siniestra. La misma ocultación del rostro elimina un escudo protector, de tal modo que la Cosa-Otro nos mira directamente (recordemos que el burka tiene una estrecha rendija para los ojos: nosotros no vemos los ojos, pero sabemos que allí hay una mirada).

Alphonse Allais ha presentado su propia versión del baile de los siete velos de Salomé: cuando Salomé está completamente desnuda, Herodes grita: “¡Continúa! ¡Sigue!”, esperando que ella se quite también el velo de su piel. Deberíamos imaginarnos algo similar respecto al burka: lo contrario de una mujer que se quita el burka y revela su cara natural. ¿Y si fuéramos un paso más allá e imagináramos a una mujer “quitándose” la piel de su propio rostro, de tal modo que lo que viéramos bajo el rostro fuera precisamente una superficie lisa, oscura y anónima con una estrecha rendija para la mirada? “¡Ama a tu prójimo!” significa, en su versión más radical, precisamente el amor imposible-real hacia este sujeto de-subjetivizado, hacia esta llaga monstruosa semejante a una mancha oscura con una rendija/mirada... Ésta es la razón de que, en la terapia psicoanalítica, el paciente y el analista no se sienten cara a cara: ambos miran hacia un tercer punto, ya que sólo esta suspensión del rostro puede abrir un espacio a la dimensión propia del Prójimo. Y aquí reside también el límite del conocido tópico crítico-ideológico de la sociedad de control total, en la que somos continuamente rastreados y grabados -lo que elude el ojo de la cámara no es algún secreto íntimo, sino la mirada misma, la mirada-objeto como una grieta/mancha en el Otro.


Publicado originalmente en lacan.com, bajo el título The Neighbor in Burka.

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