domingo, 24 de octubre de 2010

CHINA Y LA RELIGIÓN


En octubre de 2007, Žižek escribió:

CHINA Y LA RELIGIÓN

Los medios de comunicación liberales de Occidente se rieron mucho cuando la Oficina Estatal de Asuntos Religiosos de China promulgó en agosto la Orden No. 5, una ley que provee las “medidas administrativas necesarias para la reencarnación de Budas vivientes en el budismo tibetano”. Este “importante procedimiento para institucionalizar la administración de la reencarnación”, básicamente, prohíbe a los monjes budistas volver de entre los muertos sin el correspondiente permiso del gobierno: nadie fuera de China puede influir en el proceso de la reencarnación; sólo los monasterios de China pueden solicitar el permiso.

Antes de que estallemos de rabia por el hecho de que el totalitarismo comunista chino quiera ahora controlar las vidas de sus súbditos incluso después de muertos, deberíamos recordar que tales medidas no son desconocidas en la historia europea. La Paz de Augsburgo de 1555, el primer paso hacia la Paz de Westfalia de 1648 que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, declaró que la religión del príncipe local era la fe oficial de una región o un país entero (“cuius regio, eius religio”). El objetivo era acabar con la violencia desatada entre los alemanes católicos y los luteranos, pero también significaba que, cuando un nuevo gobernante de una religión diferente asumía el poder, sus súbditos tenían que convertirse en masa. Así pues, el primer gran movimiento institucional hacia la tolerancia religiosa en la Europa moderna supuso una paradoja del mismo tipo que la de la Orden No. 5: tu creencia religiosa, un asunto de tu experiencia espiritual más íntima, es regulada por los caprichos de tu líder secular.

Contrariamente a la creencia convencional, el gobierno chino no es antirreligioso. Su preocupación expresa es la “armonía” social, y sólo le interesa la dimensión política de la religión. Para contener el exceso de desintegración social causado por la explosión capitalista, los funcionarios del gobierno y del partido comunista elogian ahora a las religiones que mantienen la estabilidad social, desde el budismo al confucianismo --las mismas ideologías que fueron objeto de los ataques de la Revolución Cultural. El año pasado, Ye Xiaowen, un alto funcionario religioso, dijo a Xinhua, la agencia oficial china de noticias, que “la religión es una de las corrientes importantes de las que China extrae su fuerza”, y ensalzó el budismo por su “papel único en la promoción de una sociedad armoniosa”.

Lo que molesta a las autoridades chinas son las sectas como Falun Gong, que insisten en su independencia del control del Estado. En la misma línea, el problema del budismo tibetano reside en un hecho obvio que muchos entusiastas occidentales olvidan convenientemente: la estructura política tradicional del Tíbet es la teocracia, con el Dalai Lama en la cúspide. El Dalai reúne en su persona el poder religioso y el secular --así pues, cuando hablamos de la reencarnación del Dalai Lama, estamos hablando del nombramiento de un jefe de Estado. Es un tanto extraño escuchar a los autodenominados “defensores de la democracia” cuando denuncian la persecución china de los seguidores del Dalai Lama -el paradigma del líder no elegido democráticamente.

En los años recientes, los chinos han cambiado su estrategia con respecto al Tíbet: además de la coerción militar, ahora se apoyan cada vez más en la colonización étnica y económica. Lhasa se está transformando en una versión china del Lejano Oeste capitalista, con restaurantes de karaoke y parques temáticos budistas al estilo Disney.

En definitiva, la imagen de los brutales soldados chinos aterrorizando a los monjes budistas, imagen ampliamente difundida por los medios occidentales, enmascara una transformación socioeconómica al estilo americano mucho más eficaz: en una o dos décadas, los tibetanos quedarán reducidos al estatus de los indios americanos en Estados Unidos. Beijing ha aprendido finalmente la lección: ¿qué es el poder opresor de las fuerzas de la policía secreta, de los campos de trabajo y de los Guardias Rojos destruyendo los monumentos antiguos, comparado con el poder del capitalismo desenfrenado para minar todas las relaciones sociales tradicionales?

Resulta muy fácil reírse de la idea de un poder ateo que regula algo que, a sus ojos, no existe. No obstante, ¿no hacemos nosotros algo parecido? Cuando, en el año 2001, los talibanes de Afganistán destruyeron las antiguas estatuas budistas de Bamiyan, muchos occidentales se sintieron ultrajados -pero ¿cuántos de ellos creían realmente en la divinidad de Buda? Más bien montamos en cólera porque los talibanes no mostraban el apropiado respeto por la “herencia cultural” de su país. A diferencia de nuestros sofisticados creyentes locales, los talibanes creían realmente en su propia religión, y en consecuencia no tenían ningún respeto por el valor cultural de los monumentos de otras religiones.

La cuestión significativa para Occidente no es aquí la de Buda y los lamas, sino lo que queremos decir cuando nos referimos a la “cultura”. Todas las ciencias humanas se han convertido en una rama de los “estudios culturales”. Aunque hay, por supuesto, muchos creyentes religiosos en Occidente, sobre todo en Estados Unidos, gran parte de nuestra elite social sigue (algunos de) los rituales religiosos y de las costumbres de nuestra tradición sólo por respeto al “estilo de vida” de la comunidad a la que pertenecemos: Árboles de Navidad en los centros comerciales cada mes de diciembre; búsquedas de huevos de Pascua por los jardines de la vecindad; cenas de Pascua judía celebradas por judíos no creyentes.

La “cultura” se ha convertido comúnmente en el nombre que designa todas aquellas cosas que practicamos sin tomárnoslas realmente en serio. Y ésta es la razón de que despachemos a los creyentes fundamentalistas como “bárbaros” con una “mentalidad medieval”: porque se atreven a tomarse en serio sus creencias. Hoy en día, tendemos a pensar que la mayor amenaza para la cultura proviene de quienes viven inmediatamente en su cultura, de quienes carecen de la distancia apropiada.

Tal vez encontremos tan vergonzosas las leyes chinas de la reencarnación no porque sean ajenas a nuestra sensibilidad, sino porque revelan el secreto de lo que nosotros mismos hemos hecho durante largo tiempo: tolerar respetuosamente lo que no nos tomamos en serio, y tratar de contener sus consecuencias políticas por medio de la ley.


Publicado originalmente en The Richard Dawkins Foundation, bajo el título How China Got Religion.

Más Žižek aquí.

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