martes, 5 de octubre de 2010

EN COSTAS EXTRAÑAS


__Aunque la brisa de la noche le había helado la espalda durante toda la travesía, aún no había comenzado su trabajo nocturno de barrer el aire húmedo que había dejado el día entre las palmeras y lianas, y el rostro de Benjamín Hurwood estaba cubierto de sudor antes de que el hombre negro le hubiera guiado siquiera una docena de metros hacia el interior de la selva. Hurwood alzó el machete que llevaba en la mano izquierda (su única mano) y escudriñó intranquilo la oscuridad que parecía arremolinarse tras la vegetación, iluminada por la antorcha, que les rodeaba por todas partes, porque las historias que había oído sobre caníbales y serpientes gigantes parecían ahora más que plausibles.
__El hombre negro hizo un movimiento con la antorcha y volvió la vista hacia él.
__- Ahora, a la izquierda - dijo cuidadosamente en inglés, para luego añadir en uno de los deteriorados dialectos franceses de Haití -: y vigila dónde pisas, el sendero está cortado por pequeños arroyos.
__- Entonces, camina más despacio para que vea dónde pones los pies - le replicó Hurwood, irritado, en su francés académico.
__Se preguntó cuánto habría sufrido su acento, hasta entonces perfecto, tras la exposición de un mes a tantas variaciones extrañas del idioma.
__El sendero se hacía más empinado, y pronto tuvo que guardar el machete en su funda a fin de tener libre la mano y así agarrarse a las ramas para ayudarse a avanzar; durante un rato, el corazón le latió de manera tan alarmante que pensó que iba a reventar, pese a la drogue protectora que le había dado el hombre negro. En aquel momento, llegaron a un lugar situado por encima del nivel de la selva circundante; la brisa marina los acarició, y llamó a su compañero para que se detuviera y le permitiera recuperar el aliento, mientras disfrutaba del viento fresco en el pelo blanco y la camisa empapados.
__La brisa silbaba entre las palmeras de abajo, y a través de un resquicio entre los troncos que le rodeaban, alcanzó a ver agua..., un segmento, iluminado por la luna, del río Lengua del Océano, por el que habían navegado desde la isla Nueva Providencia aquella misma tarde. Recordó haber advertido la prominencia donde se encontraban ahora y haberse preguntado qué era, mientras trataba de mantener la vela tensa siguiendo las malhumoradas órdenes de su guía.
__Los mapas la llamaban isla Andros, pero la gente con quien se había relacionado últimamente la denominaba Isle de Loa Bossals, que, según dedujo, significaba isla de los Espíritus (o quizá Dioses) Indómitos (más probablemente, Malvados). Para sus adentros, la había bautizado como Orilla de Perséfone, donde esperaba encontrar, por fin y como mínimo, una ventana a la casa de Hades.
__Oyó un gorgoteo tras él, y se volvió a tiempo de ver como su guía tapaba de nuevo una de las botellas. El olor pungente del ron impregnaba el aire fresco.
__- ¡Maldición! - le espetó Hurwood -. ¡Eso es para los espíritus!
__El bocor se encogió de hombros.
__- Trajimos demasiado - explicó -. Si hay demasiado, vienen demasiados.
__El hombre manco no respondió, pero volvió a desear saber lo suficiente (o al menos casi lo suficiente) como para hacer aquello solo.
__- Estamos cerca - dijo el bocor, devolviendo la botella al macuto que llevaba al hombro.
__Reanudaron la marcha rápida por el sendero de tierra húmeda, pero Hurwood notaba ahora una diferencia: algo les estaba prestando atención.
__El hombre negro también lo advirtió, y le sonrió por encima del hombro, dejando al descubierto unas encías casi tan blancas como los dientes.
__- Huelen el ron - dijo.
__- ¿Seguro que no son sencillamente esos pobres indios?
__El guía le respondió sin siquiera mirar atrás.
__- Siguen durmiendo. Lo que sientes que nos vigila son los loas.
__Aunque sabía que aún no podía ver nada fuera de lo corriente, el hombre manco miró a su alrededor y pensó por primera vez que, en realidad, no era un emplazamiento tan incongruente. Aquellas palmeras, aquella brisa marina, no eran tan diferentes de las del Mediterráneo, y aquella isla del Caribe bien podía ser muy parecida a la isla donde, hacía miles de años, Ulises hizo exactamente lo que ellos se proponían hacer esa noche.

__Sólo cuando llegaron al claro, en la cima de la colina, se dio cuenta de que no dejaría de tener miedo. No había nada de siniestro en aquella escena: un claro de tierra aplanada, con una choza a un lado y, en el centro, cuatro postes que sostenían una techumbre de paja sobre una caja de madera. Pero Hurwood sabía que en la choza había dos indios arawak drogados, y una zanja de metro ochenta, forrada de hule, al otro lado del pequeño refugio.
__El hombre negro se dirigió hacia la caja resguardada - el trone o altar - y, con sumo cuidado, soltó algunas de las estatuillas que llevaba prendidas del cinturón y las colocó sobre ella. Hizo una reverencia, retrocedió, y luego se irguió y se volvió hacia el otro hombre.
__- ¿Sabes qué viene ahora? - preguntó.
__Hurwood sabía que era una prueba.
__- Esparcir el ron y la harina en torno a la zanja - dijo, tratando de parecer seguro.
__- No - replicó el bocor -, lo primero. Antes de eso.
__En su voz había ahora un claro tono de sospecha.
__- Ah, ya sé a qué te refieres - dijo Hurwood, tratando de ganar tiempo mientras su mente trabajaba a toda velocidad -. Creí que eso se daba por supuesto.
__¿Qué demonios quería decir el hombre? ¿Qué había hecho Ulises? No..., al menos, nada que él recordase. Pero claro, Ulises vivió en tiempos en que la magia era fácil... y relativamente pura. Eso debía de ser. Quizá hiciera falta un procedimiento de protección para mantener a raya a los monstruos que pudieran verse atraídos por sus maniobras.
__- Te refieres a las medidas de seguridad.
__- ¿En qué consisten?
__Cuando la magia fuerte aún funcionaba en el hemisferio oriental, ¿qué medidas de seguridad se habían utilizado?
__- Las marcas en el suelo.
__El hombre negro asintió, más tranquilo.
__- Sí. Los verver.
__Con cuidado dejó la antorcha en el suelo y rebuscó dentro de su macuto para sacar una bolsita, de la que extrajo un pellizco de ceniza gris.
__- La llamamos Harina de Guiñée - explicó.
__Después se acuclilló, y empezó a repartir la ceniza sobre la tierra, formando complicados dibujos geométricos.
__El hombre blanco se permitió relajarse un poco, por debajo de su apariencia de seguridad. ¡Cuánto se podía aprender de aquella gente! Eran primitivos, sí, pero estaban en contacto con un poder viviente que, en regiones más civilizadas, sólo era una leyenda distorsionada.
__- Toma - dijo el bocor, quitándose el macuto y lanzándoselo -, puedes repartir la harina y el ron. También hay caramelos. A los loas les gusta un poco de dulce.
__Hurwood llevó la bolsa hacia la zanja - su sombra proyectada por la antorcha se extendía hasta el muro de hojas que rodeaba el claro - y la dejó caer al suelo. Luego cogió la botella de ron, la descorchó con los dientes y se irguió para caminar lentamente en torno a la zanja, derramando el licor aromático sobre la tierra. Cuando hubo completado la vuelta, aún quedaba un trago en la botella, y se lo bebió antes de arrojarla a lo lejos. En la bolsa también había caramelos y saquitos de harina, y los dejó caer alrededor de la zanja, incómodamente consciente de que sus movimientos eran como los de un agricultor sembrando y regando un surco.
__Un chirrido metálico le hizo volverse hacia la choza, y el espectáculo que avanzaba hacia él desde el otro lado del claro - era el bocor, empujando con esfuerzo una carretilla sobre la que había dos cuerpos de piel oscura, inconscientes - le causó tanto horror como esperanza. Por un momento deseó que no hiciera falta sangre humana, que bastara con sangre de oveja, como en tiempos de Ulises..., pero apretó las mandíbulas y ayudó al bocor a descargar los cuerpos en el suelo, de manera que las cabezas quedaran convenientemente cerca de la zanja.
__El bocor tenía un cuchillito de mondar, y se lo tendió al hombre manco.
__- ¿Quieres hacerlo tú?
__Hurwood meneó la cabeza.
__- Todos tuyos - dijo con voz ronca.
__Apartó la vista y la clavó en la llama de la antorcha, mientras el negro se acuclillaba junto a los cuerpos. Cuando unos momentos más tarde oyó el goteo sobre el hule de la zanja, cerró los ojos.
__- Ahora, las palabras - ordenó el bocor.
__Empezó a entonar su salmodia en un dialecto que combinaba los idiomas de Francia, de la comarca Mondongo africana y de los indios del Caribe, mientras el hombre blanco, con los ojos aún cerrados, cantaba en hebreo antiguo.
__El extraordinario cántico combinado fue creciendo en intensidad, como si tratara de ahogar los ruidos que ahora surgían de la selva: sonidos como de risas y llantos ahogados, crujidos cautelosos en las ramas más altas, y un extraño ruido, como dos camisas de serpiente frotadas una contra otra.
__De pronto, las dos letanías se hicieron idénticas, y los dos hombres hablaron perfectamente al unísono, sílaba a sílaba...,aunque el blanco seguía expresándose en hebreo antiguo, y el negro en su peculiar mezcla de idiomas. Atónito pese a estar participando, Hurwood sintió los primeros estremecimientos del verdadero asombro ante aquella coincidencia prolongada hasta lo imposible. Por encima de los pungentes vapores del ron vertido y el olor a óxido de la sangre, le llegó de repente un aroma nuevo, el aroma a metal caliente de la magia, mucho más fuerte de lo que nunca lo había sentido...
__Y entonces, en un momento, ya no estuvieron solos. De hecho, el claro estaba lleno de formas humanas que resultaban casi transparentes a la luz de las antorchas. La llama era más tenue, como si varios de ellos se hubieran situado frente a la luz. Todas aquellas cosas insustanciales se acercaban al pozo de sangre, gritando implorantes con vocecillas agudas, como trinos de pájaro. Los dos hombres interrumpieron la letanía.
__Habían aparecido también otras cosas, aunque no cruzaron las líneas de ceniza que el bocor había trazado por el perímetro del claro, sino que se limitaron a atisbar por entre los troncos de las palmeras, o acuclilladas en las ramas. Hurwood vio un ternero con las cuencas de los ojos en llamas, una cabeza suspendida en el aire con un espectral péndulo de entrañas desnudas colgando del cuello; y, en los árboles, varias criaturas pequeñas, más semejantes a insectos que a seres humanos. Los espíritus situados dentro de las líneas verver no dejaban de chillar, pero los vigilantes del exterior permanecieron en silencio.
__El bocor mantenía a los espíritus lejos de la trinchera con amplios molinetes de su pequeño cuchillo.
__- ¡Deprisa! - jadeó -. ¡Busca al que quieres!
__Hurwood salió al borde de la trinchera, y examinó a las criaturas translúcidas.
__Bajo su mirada, unas cuantas se hicieron un poco más visibles, como la clara de huevo en agua caliente.
__- ¡Benjamín! - exclamó una de éstas, alzando su frágil vocecilla por encima de los balbuceos de fondo -. ¡Benjamín, soy yo, Peter! Fui tu padrino de boda, ¿recuerdas? ¡Dile que me deje comer!
__El bocor miró interrogante al otro hombre.
__Hurwood meneó la cabeza, y el cuchillo del bocor relampagueó, casi cortando en dos al espíritu suplicante. Con un grito débil, la cosa se disolvió como el humo.
__- ¡Ben! - chirrió otro -. ¡Bendito seas, hijo, has traído comida para tu padre! Ya sabía...
__- No - dijo Hurwood.
__Su boca era una línea rígida, mientras el cuchillo brillaba de nuevo y otro aullido se perdía en la brisa.
__- ¡No puedo detenerlos toda la vida! - jadeó el bocor.
__- Un poco más - ordenó Hurwood -. ¡Margaret!
__Hubo una extraña agitación a un lado, y una forma translúcida avanzó hacia él.
__- ¿Cómo has llegado aquí, Benjamín?
__- ¡Margaret! - Su grito era más de dolor que de triunfo -. Ella - ladró al bocor -. Deja que se acerque.
__El bocor dejó de mover el cuchillo en gesto defensivo y empezó a apuñalar a todas las sombras, excepto la que Hurwood había señalado. El espíritu se aproximó a la trinchera, se hizo borroso y se encogió, para reaparecer de rodillas. Extendió la mano hacia la sangre, pero se detuvo y se limitó a tocar la pasta de harina y ron del borde. Por un momento, resultó opaco a la luz de la antorcha, y su mano tuvo suficiente sustancia como para mover uno de los caramelos varios centímetros.
__- No deberíamos estar aquí, Benjamín - dijo con voz ahora un poco más audible.
__- ¡La sangre, toma la sangre! - gritó el hombre manco, cayendo de rodillas al otro lado de la trinchera.
__Sin sonido alguno, la forma del espíritu se convirtió en humo y se dispersó, aunque la fría hoja del cuchillo ni siquiera se había acercado a ella.
__- ¡Margaret! - rugió el hombre.
__Se lanzó por encima de la trinchera hacia la masa de espíritus, que cedieron a su paso como telarañas entre los árboles, y cayó de bruces contra la tierra. El zumbido de sus oídos casi le impidió oír el coro de débiles voces fantasmales desapareciendo poco a poco.
__Tras unos momentos, Hurwood se sentó y miró a su alrededor. La luz de la antorcha era más brillante, ahora que no había formas fantasmales que la filtraran.
__El bocor le observaba.
__- Espero que haya valido la pena.
__Hurwood no respondió. Se limitó a ponerse en pie lenta, débilmente, frotándose la magullada barbilla y apartándose el húmedo pelo blanco de la cara. Los monstruos seguían de pie, acuclillados o suspendidos más allá de las líneas de ceniza; evidentemente, ninguno se había movido o pestañeado, quizá en ningún momento a lo largo de todo el proceso.
__- ¿Qué, os habéis divertido? - gritó Hurwood en inglés, agitando su único puño hacia ellos -. ¿Queréis que vuelva a saltar la trinchera para que dure más?
__Su voz era cada vez más tensa y aguda, y parpadeaba rápidamente al dar un paso hacia el borde del claro, señalando a uno de los observadores, un gran cerdo con un racimo de cabezas de gallo brotándole del cuello.
__- Ah, usted, caballero - siguió Hurwood, ahora con voz falsamente amistosa -. Háganos un favor, opine con toda sinceridad. ¿Cree que habría sido mejor si hubiera hecho malabarismos? ¿O si me hubiera pintado la cara y me hubiera puesto una nariz postiza...?
__El bocor le agarró por el codo, le hizo darse la vuelta y le miró con una mezcla de asombro y compasión.
__- Basta - dijo con suavidad -. La mayoría no oyen, y no creo que ninguno de ellos entienda el inglés. Se marcharán al amanecer, y podremos irnos.
__Hurwood se liberó de la presa, volvió al centro del claro y se sentó, no lejos de la trinchera y de los dos cuerpos desangrados. El olor a metal caliente de la magia había desaparecido, pero la brisa no podía dispersar el hedor a óxido de la sangre.
__Faltaban nueve o diez horas para el amanecer y, aunque tenía que quedarse allí hasta entonces, le resultaría imposible dormir. La perspectiva de la larga espera le ponía enfermo.
__Recordó la frase del bocor: «Espero que haya valido la pena».
__Alzó la vista hacia las estrellas y se burló de ellas, desafiante. «Intentad detenerme - pensó -. Puede que tarde años, pero ahora sé que es cierto. Que es posible. Sí... aunque hubiera tenido que matar a una docena de indios para descubrirlo, a una docena de blancos, a una docena de amigos... Aun así, habría valido la pena.»


Esto que acabas de leer es el prólogo de En costas extrañas (Martínez Roca), genial novela de Tim Powers (genial apellido) que he empezado de nuevo para estrenar el lector.

Les ha costado, por cierto, pero parece que Bruckheimer y sus colegas se quitan la careta con la cuarta parte... Algo que ya hizo Ron Gilbert, pues como ya comenté por ahí, reconoció ser el libro uno de los pilares básicos de su Monkey Island.

Más piratas... aquí.



I M A G E U P D A T E

2 comentarios:

David dijo...

Este libro lo leí hace años. Estuvo bien, pero tanto como genial.. no sé...

egoitzmoreno.com dijo...

uno de mis favoritos.

pura aventura.

pero, claro, yo es que soy muy de "monkey island".