lunes, 1 de noviembre de 2010

CHILDREN OF MEN


En diciembre de 2006, nuestro esloveno favorito escribió:

EL CHOQUE DE CIVILIZACIONES EN EL FIN DE LA HISTORIA

En las historias de Hollywood, el espléndido trasfondo histórico sólo sirve de pretexto para el verdadero asunto central de la película: el viaje iniciático del héroe o de la pareja. En Reds [Rojos], la Revolución de Octubre es el trasfondo para la reconciliación de los amantes en un apasionado acto sexual; en Deep Impact, la ola gigante que arrasa la costa este de Estados Unidos es el trasfondo para la reunión incestuosa de la hija con su padre; en The War of the Worlds [La Guerra de los Mundos], la invasión alienígena es el trasfondo para que Tom Cruise reafirme su función parental... No sucede lo mismo en Children of Men [Hijos de los Hombres], donde el trasfondo persiste.

En una típica película de ciencia-ficción de Hollywood, el mundo futuro puede estar lleno de objetos e inventos insólitos, pero hasta los cyborgs interactúan exactamente igual que lo hacemos nosotros -o, más bien, igual que los personajes de los viejos melodramas y películas de acción de Hollywood. En Hijos de los Hombres no hay aparatos nuevos, y Londres aparece tal como es ahora, sólo que un poco más “realista” si cabe -Alfonso Cuarón se limita a sacar a a la luz sus potenciales poéticos y sociales latentes: la tristeza y decadencia de los suburbios llenos de basura, la omnipresencia de las videocámaras de vigilancia. La película nos recuerda que, de entre todas las cosas extrañas que podamos imaginar, la más extraña es la propia realidad. Hegel comentó hace mucho tiempo que el retrato de una persona se parece más a ésta que la propia persona. Hijos de los Hombres es la ciencia-ficción de nuestro propio presente.

Estamos en el año 2027, y la especie humana se ha vuelto infecunda -el habitante más joven de la Tierra, nacido hace dieciocho años, acaba de ser asesinado en Buenos Aires. El Reino Unido vive en un estado de excepción permanente: brigadas antiterroristas persiguen a los inmigrantes ilegales, y el poder estatal controla a una población menguante que vegeta en un hedonismo estéril. ¿Acaso no son estos dos aspectos -la permisividad hedonista, junto con las nuevas formas de apartheid y de control social basadas en el miedo- los que caracterizan a nuestras sociedades actuales? Y aquí llega el toque genial de Cuarón, tal como lo expresó en una entrevista: “En muchos relatos del futuro aparece algo así como un ‘Gran Hermano’, pero yo pienso que ésa es una visión de la tiranía propia del siglo XX. La tiranía actual se presenta con nuevos disfraces -la tiranía del siglo XXI se llama ‘democracia’.” Ésta es la razón por la que los gobernantes de su mundo no son burócratas orwellianos “totalitarios”, grises y uniformados, sino administradores democráticos ilustrados y cultos, cada uno/a con su propio “estilo de vida”. Cuando el protagonista de la película visita a un viejo amigo, que ahora es un funcionario gubernamental de alto rango, entramos en algo parecido al lujoso ático de una pareja gay de clase alta de Manhattan.

Hijos de los Hombres no es, obviamente, una película sobre la infertilidad como problema biológico. La infertilidad de la que trata la película de Cuarón fue diagnosticada hace mucho tiempo por Friedrich Nietzsche, cuando percibió que la civilización occidental avanzaba hacia el Último Hombre, una criatura apática sin grandes pasiones ni compromisos: incapaz de soñar, cansado de la vida, no asume ningún riesgo y sólo busca la comodidad y la seguridad, una expresión de tolerancia con todo el mundo:

Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener una muerte agradable… Tienen sus pequeños placeres para el día y sus pequeños placeres para la noche, pero estiman enormemente la salud. ‘Nosotros hemos descubierto la felicidad’, dicen los Últimos Hombres, y parpadean. (Friedrich Nietzsche, ‘Así Habló Zaratustra’).

El Último Hombre no quiere que sus ilusiones se vean perturbadas -por esta razón, “acoso” es una palabra clave en su universo mental. En su sentido más básico, el término “acoso” designa hechos brutales de violación, palizas y otras formas de violencia social que, por supuesto, deben ser condenadas con toda severidad. Sin embargo, en el uso predominante, este significado elemental se desliza imperceptiblemente hacia la condena de cualquier proximidad excesiva de otro ser humano real, con sus deseos, temores y placeres. Dos tópicos determinan la actual actitud liberal tolerante hacia los otros: el respeto de la otredad, la apertura hacia ésta y el temor obsesivo al acoso. El otro es aceptable en la medida en que su presencia no sea intrusiva, en la medida en que el otro no sea realmente otro. La tolerancia coincide con su opuesto: mi deber de ser tolerante con el otro significa de hecho que no debo acercarme demasiado a él/ella, que no debo introducirme demasiado en su espacio -en suma, que debo respetar su intolerancia hacia mi excesiva proximidad. Esto es lo que emerge cada vez más como el “derecho humano” central en nuestra sociedad: el derecho a no ser acosado, es decir, a mantenerse a una prudente distancia de los otros.

Actualmente, los tribunales de la mayoría de las sociedades occidentales imponen una orden restrictiva cuando alguien demanda a otra persona por acoso (por perseguirla o por hacerle insinuaciones sexuales indebidas). Al acosador se le puede prohibir legalmente acercarse de manera voluntaria a la víctima, y debe guardar una distancia de más de cien metros. Por necesaria que sea esta medida, hay en ella, no obstante, una suerte de defensa contra la realidad traumática del deseo del otro: ¿no es evidente que hay algo terriblemente violento en el despliegue manifiesto de la pasión hacia otro ser humano? La pasión, por definición, hiere a su objeto, y aunque el destinatario acepte gustosamente ocupar este lugar, él/ella no puede hacerlo sin un momento de asombro o sorpresa.

Ocurre lo mismo con la creciente prohibición de fumar. En primer lugar, todas las oficinas fueron declaradas “libres de humo”, luego los aviones, luego los restaurantes, luego los aeropuertos, luego los bares, luego los clubs privados, luego, en algunos campus universitarios, en 50 metros alrededor de las entradas de los edificios, luego -en un caso único de censura pedagógica, que nos recuerda la práctica estalinista de retocar las fotos de la nomenklatura-, el servicio postal de Estados Unidos borró el cigarrillo en los sellos que llevaban la fotografía de Robert Johnson, el guitarrista de blues, y de Jackson Pollock, el pintor. El objetivo de estas prohibiciones es el goce excesivo y arriesgado del otro, personificado en el acto de encender “irresponsablemente” un cigarrillo e inhalarlo profundamente con un placer desvergonzado (en contraste con los yuppies clintonitas que lo hacen sin inhalar el humo, o que tienen relaciones sexuales sin penetración, o que comen alimentos sin grasas). De hecho, como decía Jacques Lacan, después de la muerte de Dios ya nada está permitido. En el mercado actual encontramos una serie de productos despojados de su propiedad nociva: café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol... y la lista continúa. ¿Y el sexo virtual como “sexo sin sexo”, la doctrina de la guerra sin bajas (en nuestro bando, por supuesto) de Colin Powell como “guerra sin guerra”, la redefinición contemporánea de la política como el arte de la administración experta como “política sin política”, hasta el actual multiculturalismo tolerante liberal como una experiencia del “Otro privado de su Otredad” (el Otro idealizado que baila danzas fascinantes y que tiene una sólida visión holística y ecológica de la realidad, mientras que rasgos como las palizas a las mujeres o las violaciones incestuosas no son tenidos en cuenta)?

Los que vivimos en los países del Primer Mundo encontramos cada vez más difícil imaginar siquiera una Causa pública o universal por la que estuviéramos dispuestos a sacrificar nuestra vida. Parece, en efecto, como si la brecha existente entre el Primer Mundo y el Tercer Mundo tuviera que ver cada vez más con la oposición entre vivir una vida larga y satisfecha llena de riqueza material y cultural, y dedicar la vida a alguna Causa transcendente. ¿No es este antagonismo equivalente al que se da entre lo que Nietzsche denomina nihilismo “pasivo” y nihilismo “activo”? Los occidentales somos los Últimos Hombres, inmersos en los estúpidos placeres cotidianos, mientras que los radicales musulmanes están preparados para arriesgarlo todo, comprometidos en la lucha nihilista hasta el extremo de su propia autodestrucción. No es sorprendente que el único lugar en Hijos de los Hombres donde impera una extraña sensación de libertad, una especie de territorio liberado sin esta opresión sofocante y omnipresente, sea Blackpool, una ciudad completamente aislada por un muro y convertida en un campamento de refugiados administrado por sus propios habitantes, inmigrantes ilegales que, al final de la película, son bombardeados despiadadamente por la fuerza aérea. La vida florece aquí, con demostraciones militares del islam fundamentalista, pero también con actos de auténtica solidaridad -no es sorprendente que el niño recién nacido aparezca en este lugar.

En un debate sobre el destino de los prisioneros de Guantánamo, que tuvo lugar en la NBC en 2004, uno de los argumentos más extraños a favor de la aceptabilidad ético-legal de su estatus era que “fueron los que se salvaron de las bombas”: puesto que eran el objetivo de los bombardeos estadounidenses y sobrevivieron accidentalmente a los mismos, y puesto que el bombardeo formaba parte de una operación militar legítima, no se puede condenar su destino posterior cuando fueron capturados después del combate... Este razonamiento dice más de lo que pretende decir: coloca al prisionero casi literalmente en la posición de los muertos vivientes, los que de algún modo ya están muertos (pues perdieron su derecho a vivir cuando se convirtieron en blancos legítimos del bombardeo asesino), de manera que ahora son casos de lo que Giorgio Agamben denomina Homo sacer, el que puede ser eliminado con total impunidad porque, a los ojos de la ley, su vida ya no vale nada.

Si los prisioneros de Guantánamo están localizados en el espacio “entre las dos muertes”, ocupando la posición del Homo sacer, muertos legalmente (privados de un estatus legal determinado) aunque sigan estando biológicamente vivos, entonces el caso de Terri Schiavo, que atrajo poderosamente el interés del público en marzo de 2005, plantea el caso contrario. Schiavo sufrió un grave daño cerebral en 1990, cuando su corazón tuvo una breve parada debido a un desequilibrio bioquímico supuestamente causado por un desorden alimentario; los médicos nombrados por el tribunal alegaron que ella se encontraba en un estado vegetativo permanente, sin esperanzas de recuperación. Mientras su marido quería que la desconectaran para que muriese en paz, sus padres argumentaron que ella podría mejorar y que nunca habría querido que la privaran de comida y agua. El caso llegó al nivel más alto del gobierno y de la judicatura de los Estados Unidos, con la intervención de la Corte Suprema y del presidente, la rápida aprobación de resoluciones por parte el Congreso, etc. Lo absurdo de la situación, considerada en un contexto más amplio, resulta impactante: con decenas de millones de personas muriendo de SIDA y de hambre en todo el mundo, la opinión pública de Estados Unidos se centró en un caso particular de prolongación de la existencia de una vida inerte, privada de todas las características específicamente humanas. Éstos son los dos extremos con que hoy nos encontramos en lo que se refiere a los derechos humanos: por un lado, los que “se salvaron de las bombas” (seres humanos en sus plenas facultades físicas y mentales, pero despojados de todos sus derechos); por otro lado, un ser humano reducido a una simple vida vegetativa, pero una vida vegetativa protegida por todo el aparato del Estado.

Así pues, ¿qué es lo que ha salido mal con nosotros? Cualquier lector atento del Marqués de Sade no puede dejar de advertir la paradoja de que la afirmación sadeana de la sexualidad sin restricciones, privada de los últimos vestigios de transcendencia espiritual, convierte a la sexualidad misma en un ejercicio mecánico carente de toda pasión sensual auténtica. Cabría preguntarse si no es fácilmente discernible una inversión similar en el callejón sin salida de los Últimos Hombres de hoy, los individuos “postmodernos” que rechazan todas las metas “elevadas” y se limitan a sobrevivir, colmados de placeres cada vez más refinados y estimulados con métodos artificiales. Si las antiguas sociedades jerárquicas oprimían las fuerzas vitales a través de sus rígidos sistemas ideológicos y de los aparatos de Estado que los imponían, las sociedades actuales están perdiendo su vitalidad a través de su mismo hedonismo permisivo: todo está permitido, aunque descafeinado, privado de su sustancia.

Y lo mismo que se aplica a nuestros placeres se aplica a nuestra democracia: ésta es cada vez más una democracia descafeinada, una democracia privada de su sustancia, de sus aristas ideológicas. Hace un siglo, G.K. Chesterton escribió: “Los hombres que empiezan a luchar contra la Iglesia por el bien de la libertad y la humanidad terminan por abandonar la libertad y la humanidad, aunque sólo sea para seguir luchando contra la Iglesia”. Hoy en día, lo primero que deberíamos añadir a esto es que también se aplica a los defensores de la Iglesia: ¿cuántos defensores fanáticos de la religión comenzaron a atacar ferozmente la cultura secular contemporánea y terminaron por abandonar la religión (perdiendo cualquier experiencia religiosa significativa)? ¿Y no es cierto que, de manera estrictamente homóloga, los guerreros liberales están tan ansiosos por combatir el fundamentalismo antidemocrático que terminarán por abandonar la libertad y la democracia mismas, con el único fin de combatir el terror? Tienen tanta pasión por demostrar que el fundamentalismo no cristiano es la amenaza principal para la libertad, que están dispuestos a defender la postura de que debemos limitar nuestra propia libertad, aquí y ahora, en nuestras sociedades supuestamente cristianas. Si los terroristas están dispuestos a destruir este mundo por amor al otro, nuestros guerreros contra el terror están dispuestos a destruir su propio mundo democrático por odio al otro musulmán. Jonathan Alter, Alan Derschowitz y Sam Harris aman tanto la dignidad humana que están dispuestos a legalizar la tortura -la degradación extrema de la dignidad humana- para defenderla...

La modalidad predominante de la política es la política del miedo, una defensa contra la victimización o el acoso potenciales: miedo a los inmigrantes, miedo al delito, miedo a la impía depravación sexual, miedo al Estado excesivo (con demasiados impuestos), miedo a las catástrofes ecológicas, miedo al acoso (razón por la cual la Corrección Política es la forma liberal ejemplar de la política del miedo). Este tipo de política siempre se apoya en los aterradores llamamientos de hombres aterrados. El gran acontecimiento de Europa a principios de 2006 fue que las políticas anti-inmigratorias empezaron a formar parte de la “corriente mayoritaria”: finalmente cortaron el cordón umbilical que las relacionaba con los partidos marginales de extrema derecha. Desde Francia a Alemania, desde Austria a Holanda, a los principales partidos les parece ahora aceptable insistir en que los inmigrantes son invitados que deben adaptarse a los valores culturales que definen a la sociedad anfitriona -“éste es nuestro país, ámalo o déjalo”.

Ésta es la razón por la que el “choque de civilizaciones” es la enfermedad de Huntington de nuestro tiempo -como dijo Samuel Huntington, tras el fin de la Guerra Fría, el “telón de acero de la ideología” ha sido reemplazado por el “telón de terciopelo de la cultura”, que separa a las civilizaciones en conflicto interponiendo entre ellas un abismo insalvable. Esta visión sombría puede parecer el opuesto exacto de la brillante perspectiva del “fin de la historia” de Francis Fukuyama bajo la forma de una democracia liberal mundial. Tal vez, sin embargo, el “choque de civilizaciones” sea el “fin de la historia”: es decir, los conflictos étnico-religiosos son la forma de lucha que encaja dentro del capitalismo global. En nuestra era “post-política”, donde la política propiamente dicha es reemplazada progresivamente por la administración social de los expertos, la única fuente legítima de conflictos son las tensiones culturales (étnicas, religiosas).

Así, pues, para citar la inolvidable condensación freudiana del presidente Bush, no “malsubestimen” Hijos de los Hombres: la última película de Cuarón da de lleno en el centro de nuestra situación actual.

Publicado en Diario Perfil bajo el título The Clash of Civilizations at the End of History.

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