jueves, 11 de noviembre de 2010

FELICES Y DESCONTENTOS


En 2003, durante el marco del Festival de la Filosofía, Slavoj Žižek leyó, en la Piaza Grande de Modena (Italia) el siguiente texto:

EL CRISTIANISMO COMO RELIGIÓN PERVERSA

¿Cuándo puede decirse que un pueblo es feliz? En un país como la Checoslovaquia de finales de los años setenta y de la década de los ochenta, la gente era realmente feliz en cierto sentido. En primer lugar, sus necesidades materiales estaban satisfechas en lo fundamental --aunque no totalmente satisfechas, porque de vez en cuando sufrían la falta de algunos bienes en el mercado (por ejemplo, se quedaban sin café un par de días, luego sin carne de buey, luego sin aparatos de televisión). Estos breves períodos de carencia de bienes funcionaban como excepciones, las cuales recordaban a los individuos que debían estar contentos de la general disponibilidad de bienes: si una cosa está disponible en todo momento, se considera esta disponibilidad como un hecho natural y ya no se aprecia la fortuna de contar con ella. Así pues, la vida procedía de forma regular y previsible, sin grandes esfuerzos ni grandes shocks: uno podía retirarse a vivir en su propia concha privada. El segundo aspecto era sumamente importante: siempre estaba el Otro (el Partido) a quien echarle la culpa de todo lo que iba mal, así que no hacía falta sentirse responsable de nada. Si faltaban mercancías temporalmente, e incluso si el mal tiempo producía daños materiales, era todo culpa de “ellos”. El tercer aspecto, no menos importante que los anteriores, es que existía Otro lugar (el Occidente consumista) con el que se podía soñar y tal vez hasta visitar algún día. Ese lugar estaba a la distancia justa, ni demasiado lejos ni demasiado cerca.

Este fino equilibrio resultó alterado. ¿Qué fue lo que lo alteró? Justamente el deseo. El deseo fue la fuerza que obligó a los individuos a pasar página, acabando dentro de un sistema en el que la gran mayoría de ellos es menos feliz que en el sistema anterior. Por lo tanto, la felicidad no pertenece al orden de la verdad, sino al orden de la opinión: en cuanto tal es confusa, indeterminada, inconsistente.

Recuerden la proverbial respuesta de un inmigrante alemán en los Estados Unidos, el cual, a la pregunta “¿Es usted feliz?”, respondió: “Sí, sí, soy feliz, aber glücklich bin ich nicht...” [“sin la felicidad no soy nada”]. Estamos ante una categoría pagana: para los paganos el objetivo de la vida es vivir una vida feliz (la idea de vivir “felices y contentos para siempre” es ya una versión cristianizada del paganismo), mientras que la experiencia religiosa y la actividad política son consideradas como las formas superiores de felicidad (véase Aristóteles). No es sorprendente que el Dalai Lama haya tenido un éxito tan grande predicando en todo el mundo el evangelio de la felicidad, ni tampoco es ninguna sorpresa que haya encontrado las respuestas más positivas en los Estados Unidos, el último imperio de la (búsqueda de la) felicidad.

De cualquier manera, lo anterior no significa que el cristianismo no tenga su propia versión de la felicidad. Es un mérito de Gilbert Keith Chesterton el haber mostrado con claridad, hace un siglo, la naturaleza propiamente perversa del modo en que el cristianismo se sitúa en relación al paganismo. Chesterton trastocó la (in)comprensión convencional según la cual la antigua actitud pagana consistía en una gloriosa aceptación de la vida, frente a la cual el cristianismo habría impuesto un sombrío orden de culpa y de renuncia. Por el contrario, es la postura pagana la que es profundamente melancólica: aun cuando predique una vida dedicada al placer, lo hace en términos de “gozad de la vida mientras dure, porque al final siempre aguardan la muerte y la decadencia”. El mensaje del cristianismo, en cambio, es de una alegría infinita bajo la engañosa superficie de la culpa y la renuncia: “El perímetro exterior del cristianismo se halla rigurosamente vigilado por abnegados moralistas y curas profesionales. Pero una vez sobrepasada esta inhumana vigilancia, encontraremos la antigua vida humana danzando como una muchachita y bebiendo vino como un hombre, porque el cristianismo no es sino un marco para la libertad pagana”.

¿No es El Señor de los Anillos posiblemente la prueba definitiva de esta paradoja? Sólo un cristiano devoto habría podido imaginar un universo pagano tan magnífico, confirmando así que el paganismo es el último sueño cristiano. Por este motivo los críticos cristianos, preocupados por la eventualidad de que libros y películas como El Señor de los Anillos o la saga de Harry Potter, a causa de su mensaje mágico y pagano, provoquen la crisis del cristianismo, no perciben la perversa conclusión inevitable: ¿Queréis gozar del sueño pagano de una vida dedicada al placer sin pagar el precio de la tristeza melancólica? ¡Entonces escoged el cristianismo!

Se pueden discernir las huellas de esta paradoja incluso en la conocida figura católica del Padre (o la Madre) presentado como auténtico portador de la sabiduría sexual. Recordemos la que puede considerarse como la escena más poderosa de The Sound of Music [Sonrisas y Lágrimas]: después de dejar a la familia Trapp y de regresar al monasterio, al ser incapaz de afrontar la atracción sexual que experimenta hacia el barón von Trapp, María sigue sin encontrar la paz, porque aún desea al barón. En una escena memorable, la Madre Superiora la llama y le aconseja volver con la familia von Trapp para intentar resolver su relación con el barón. Le transmite su mensaje en una extrañísima canción que lleva por título “Escala todas las montañas”, y cuyo sorprendente estribillo es “¡Hazlo! ¡Asume el riesgo y haz todo lo que quiera tu corazón! ¡No permitas que mezquinas consideraciones sean un obstáculo!”

El misterioso poder de la escena reside en su inesperada exhibición del espectáculo del deseo, que convierte la escena en algo literalmente embarazoso: hasta la persona de la que esperaríamos una prédica de abstinencia y renuncia se muestra defensora de la fidelidad a los propios deseos. De manera significativa, cuando Sonrisas y Lágrimas fue proyectada en la (aún socialista) Yugoslavia a finales de los años setenta, esta escena -los tres minutos que dura esta canción- fue la única parte de la película que fue censurada, cortada. El anónimo censor socialista demostró su aguda conciencia del poder realmente peligroso de la ideología católica: lejos de ser la religión del sacrifico, de la renuncia a los placeres terrenales (en contraste con la afirmación pagana de la vida dedicada a las pasiones), el cristianismo ofrece una astuta estratagema para abandonarse a los propios deseos sin tener que pagar el precio, es decir, para gozar de la vida sin temer la decadencia o el dolor debilitante que nos espera al final de los días.

Si siguiéramos hasta el fin en esta dirección, sería posible en última instancia sostener que en ello consiste la función última del sacrificio de Cristo: ¡podéis abandonaros a vuestros deseos y gozar de ellos, porque yo los he tomado a mi cargo! Por lo tanto, hay un elemento de verdad en el chiste sobre la plegaria ideal que una joven muchacha cristiana debería dirigir a la Virgen María: “¡Tú que has concebido sin pecado, concédeme pecar sin tener que concebir!” En el perverso funcionamiento del cristianismo, la religión es evocada eficazmente como la protección que nos permite gozar impunemente de la vida.

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